Perdonen que no me levante

26 junio, 2012

¡Vive!

-¿Cómo está la yegua? -se apresuró a preguntar Ce’Nedra.
-Muy débil, pero creo que se pondrá bien.
-¿Y qué pasó con el potrillo?
-Fue demasiado tarde. Lo intentamos todo, pero no pudimos hacer que respirara.
Ce’Nedra se quedó boquiabierta y su cara cobró una palidez cadavérica.
-No te rendirás, ¿verdad? -dijo con un tono casi acusatorio.
-No podemos hacer nada, cariño -le dijo tía Pol con un dejo de tristeza-. Nos demoramos demasiado, y ya no le quedaban fuerzas.
Ce’Nedra la miraba incrédula.
-¡Haz algo! -exigió-, eres una hechicera. ¡Haz algo!
-Lo siento Ce’Nedra, pero eso va más allá de nuestro poder. No podemos cruzar esa barrera.
Entonces la pequeña princesa lanzó un gemido y se puso a llorar con amargura. Tía Pol le pasó un brazo sobre los hombros y la sostuvo mientras sollozaba.
Pero Garion ya se movía. De repente veía con absoluta claridad lo que la cueva esperaba de él y respondió sin pensar. Sin darse prisa, avanzó hacia el fuego.
Hettar estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo, con la cabeza gacha por el dolor. Su coleta, que parecía una crin, caía encima de la cara taciturna del zanquilargo animal.
-Déjamelo a mí, Hettar -dijo Garion.
-¡No, Garion! -gritó a su espalda tía Pol, alarmada.
Hettar levantó la vista. Su cara de halcón reflejaba una profunda tristeza.
-Déjamelo a mí, Hettar -repitió Garion en voz baja. Sin decir palabra, Hettar levantó el pequeño cuerpo inerte, que aún se veía húmedo y brillante a la luz del fuego, y se lo entregó a Garion. Garion se arrodilló y apoyó al potrillo en el suelo delante del fuego centelleante. Posó sus manos sobre las pequeñas costillas del animal y apretó con suavidad-. Respira -dijo casi en un susurro.
-Ya probamos con eso -dijo Hettar con tristeza-. Lo intentamos todo.
Garion comenzó a concentrarse en su voluntad.
-No lo hagas, Garion -dijo tía Pol con firmeza-. Es imposible, y si lo intentas, te harás daño.
Pero Garion no la escuchaba. La cueva hablaba demasiado alto para que pudiera oír nada más. Concentró sus pensamientos en el cuerpo húmedo e inerte del potrillo, luego extendió su mano derecha y apoyó la palma en la inmaculada espaldilla caoba del animal muerto. Tenía la impresión de que un muro se levantaba ante él, negro, impenetrable y mudo, infranqueable para su entendimiento. Intentó empujarlo, pero no se movía, entonces respiró hondo y luchó con todas sus fuerzas.
-Vive -dijo.
-Para ya, Garion.
-Vive -repitió y redobló su esfuerzo por desterrar la oscuridad.
-Ya es demasiado tarde, Pol -escuchó que le decía el señor Lobo a tía Pol en alguna parte-. Ya se ha entregado.
-Vive -repitió Garion, y la agitación que crecía en su interior era tan grande que absorbía todas sus fuerzas. Las brillantes paredes se encendían y se apagaban y de repente comenzaron a resonar como si alguien hiciera sonar una campana en lo más profundo de la montaña. El sonido vibró y llenó el aire del interior de la cueva abovedada con un tembloroso tintineo. Las luces de los muros resplandecieron con un brillo enceguecedor y la estancia quedó tan iluminada como si estuvieran a plena luz del sol.
El pequeño cuerpo del potrillo tembló bajo la mano de Garion y el animalito hizo una profunda y estremecedora inspiración. Garion oyó las exclamaciones de asombro de los demás mientras las patas del potrillo, finas como palillos, comenzaban a moverse. El animal volvió a respirar y abrió los ojos.
-Un milagro -dijo Mandorallen con voz ahogada.
-Tal vez sea algo más que eso -respondió el señor Lobo, con la vista fija en el rostro de Garion.
El potrillo movía la cabeza débilmente sobre su cuello. Extendió las patas e intentó incorporarse. De forma instintiva, se volvió hacia su madre y se aproximó a ella para alimentarse. Su pelaje, que antes de que Garion lo tocara había sido de un profundo color marrón, ahora tenía una brillante mancha blanca en el lomo del mismo tamaño que la señal de la palma de Garion.
El joven se incorporó y se marchó de allí, sin detenerse junto a los demás. Caminó tambaleante hacia la fuente helada que burbujeaba en la abertura del muro y se mojó la cara y el cuello. Luego se arrodilló ante la fuente y se quedó allí un rato; temblaba y respiraba hondo. Entonces sintió que alguien le rozaba el hombro con cautela, casi con timidez. Agotado, levantó la cabeza y vio al potrillo de pie a su lado, ya más firme, mirándolo con una expresión de adoración en sus ojos vidriosos.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

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