Perdonen que no me levante

2 julio, 2012

¿Por qué debería sentir patriotismo?

Los dos siervos estaban vestidos con harapos manchados de barro. Eran hombres de mediana edad y por la expresión de sus rostros se notaba que no habían vivido un día de felicidad en toda su vida. El más delgado de los dos examinaba con atención la tupida maleza, pero el otro vio venir a Ce’Nedra y se quedó mirándola con un temor evidente.
—Lammer —murmuró con asombro—, es ella…, la joven que habló hoy.
Lammer se irguió y su cara macilenta y cubierta de suciedad palideció.
—Señora —dijo con una reverencia grotesca—, íbamos camino de nuestra aldea y no sabíamos que esta parte del bosque fuera vuestra. No hemos cogido nada —añadió y extendió las dos manos abiertas como para corroborar sus palabras.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo? —preguntó ella.
—Esta mañana he comido algo de hierba, señora —respondió Lammer—, y ayer comí un par de nabos. Estaban agusanados, pero no demasiado.
—¿Quién os ha hecho esto? —preguntó Ce’Nedra con los ojos llenos de lágrimas.
Lammer pareció un poco confundido por la pregunta.
—Supongo que el mundo, señora —dijo y se encogió de hombros—. Una parte de lo que juntamos va a nuestro señor y otra parte al señor de él. Luego hay que entregar algo al rey y al administrador real. Y todavía estamos pagando por algunas guerras que nuestro señor tuvo hace varios años. Después de pagar todo eso, no nos queda demasiado.
De repente, Ce’Nedra tuvo un terrible pensamiento.
—Estoy reuniendo tropas para una campaña en el Este —les dijo.
—Sí, señora —respondió Detton, el otro siervo—, escuchamos vuestro discurso.
—¿Y qué problemas os ocasionará esta guerra?
—Tendremos que pagar más impuestos, señora —dijo Detton y se encogió de hombros—, y si nuestros señores deciden participar, se llevarán a combatir a nuestros hijos. Los siervos no suelen ser buenos soldados, pero sirven para cargar bultos, y cuando llega el momento de asaltar un castillo, a los nobles les gusta rodearse de criados que los ayuden con los moribundos.
—Entonces ¿nunca vais a luchar por patriotismo?
—¿Qué puede significar el patriotismo para unos siervos, señora? —le preguntó Lammer—. Hasta hace más o menos un mes, ni siquiera conocía el nombre de mi país. No hay nada en él que me pertenezca, así que ¿por qué debería sentir patriotismo?
Ce’Nedra no podía responder a aquella pregunta. ¡Sus vidas eran tan sombrías, tan desesperadamente vacías! Y su llamada a la lucha sólo significaba más penuria y sufrimientos para ellos.
—¿Qué pasará con vuestras familias? —preguntó ella—. Si Torak vence, ¿los grolims se llevarán a vuestros familiares a los altares?
—No tengo familia, señora —respondió Lammer con voz mortecina—. Mi hijo murió hace varios años. Mi señor estaba luchando en una guerra, atacaron un castillo y la gente que había dentro arrojó alquitrán caliente a los siervos que intentaban levantar una escalera. Cuando mi mujer se enteró, se dejó morir de hambre. Ahora los grolims no pueden hacerles daño y si quieren matarme a mí, no me opondré.
—¿No hay nada en el mundo por lo cual lucharías?
—Por la comida, supongo —dijo Lammer después de reflexionar un momento—. Estoy muy cansado de pasar hambre.
—¿Y tú? —preguntó Ce’Nedra al otro criado.
—Caminaría sobre las brasas por alguien que me alimentara —respondió Detton con fervor.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings
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