Perdonen que no me levante

16 septiembre, 2012

La paz es una virtud

Su generosidad se vio recompensada cuando el capitán Harewood volvió de Nueva Zelanda con cuatrocientos maoríes más. Esta vez los forasteros empezaron a reivindicar la propiedad de la isla apelando al takahi, un ritual maorí que viene a significar «pisar la tierra para poseerla». La vieja Rïhoku fue, por tanto, dividida, y a los moriori se les informó de que ahora eran vasallos de los maoríes. A comienzos de diciembre, una docena de nativos protestaron y fueron asesinados a hachazos como si tal cosa. Los maorí demostraron ser alumnos adelantados de los ingleses en el «siniestro arte de la colonización».
La isla de Chatham encierra en su interior una extensa laguna de agua salada, Te Whanga, una especie de mar interior que ve su volumen aumentado por el océano durante la pleamar a través de los «labios» de la laguna, situados en Te Awapatiki. Hace catorce años, los moriori celebraron en ese lugar sagrado una asamblea que duró tres días a fin de responder a la siguiente pregunta: el derramamiento de sangre maorí, ¿conllevaría inevitablemente la destrucción del propio mana? Los más jóvenes arguyeron que la doctrina de la paz no era aplicable a forasteros caníbales de los cuales los antepasados moriori nada podían haber sabido. Los moriori debían matar o ser muertos. Los ancianos llamaron al apaciguamiento: mientras protegiesen el mana junto con su tierra, los dioses y antepasados los librarían de todo mal. «Abrazad al enemigo», clamaban los ancianos, «para evitar que os golpee». («Abrazad al enemigo», parafraseó Henry, «para sentir su puñal haciéndoos cosquillas en los riñones»).
Ese día ganaron los ancianos, pero poco importó.
—Cuando los maoríes están en inferioridad numérica —nos contó el señor D’Arnoq—, toman la delantera atacando primero y con extrema violencia, como podrían atestiguar muchos desafortunados británicos y franceses desde sus tumbas.
Los Ngati Tama y los Ngati Mutunga también se reunieron en consejo. Al volver de la asamblea, los moriori se encontraron una serie de emboscadas y una noche de infamia que superaba la peor de las pesadillas: masacre, aldeas incendiadas, rapiña, hileras de mujeres y hombres empalados en las playas, niños escondidos en agujeros, rastreados y descuartizados por perros de caza. Con la vista puesta en el mañana, algunos caciques sólo asesinaron lo bastante como para infundir en los supervivientes una obediencia nacida del terror. Otros no fueron tan comedidos. En la playa de Waitangi cincuenta moriori fueron decapitados, fileteados, envueltos en hojas de lino y asados en un gigantesco horno de tierra con ñames y boniatos. Menos de la mitad de los moriori que habían visto el último anochecer de la vieja Rïhoku seguían con vida cuando despuntó el amanecer maorí.
—Hoy quedan menos de cien moriori de pura sangre —dijo apesadumbrado el señor D’Arnoq—. Sobre el papel, ya hace años que la corona británica los liberó del yugo de la esclavitud, pero a los maoríes les traen sin cuidado los papeles. Estamos a una semana de navegación de la casa del gobernador, pero Su Majestad no tiene ninguna guarnición en las Chatham.
Le pregunté por qué los blancos no les habían parado los pies a los maoríes durante la matanza.
El señor Evans ya no dormía más, ni estaba tan sordo como yo creía.
—¿Ha visto alguna vez guerreros maoríes excitados por la sangre, señor Ewing?
Le dije que no.
—Pero seguro que ha visto tiburones excitados por la sangre, ¿verdad?
Le dije que sí.
—Muy bien. Pues imagínese un cordero ensangrentado que patalea en un bajío infestado de tiburones. ¿Qué se puede hacer, quedarse fuera del agua o intentar pararles las mandíbulas a los tiburones? No teníamos alternativa. Por supuesto que ayudamos a los que llamaron a nuestra puerta (nuestro pastor Bernabé era uno de ellos), pero si esa noche nos hubiésemos aventurado a salir, jamás habríamos vuelto. Piense usted que por aquel entonces en Chatham los blancos éramos menos de cincuenta, mientras que los maoríes eran novecientos. Los maoríes pueden vivir al lado de los paheka, pero nos desprecian. No lo olvide.
¿Cuál es la moraleja? La paz, por más preciada que sea a los ojos de nuestro Señor, es una virtud esencial sólo si el vecino comparte la misma creencia.

El atlas de las nubes, de David Mitchell
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