Perdonen que no me levante

31 octubre, 2012

Eso no parece justo

“La misión que tenía en la ciudad aquella mañana lo llevó a la tienda de un joven soplador de vidrio, un habilidoso artesano llamado Joran. En apariencia, la visita tenía por objeto examinar un juego de copas de cristal que había encargado para regalarle a Ce’Nedra, pero el verdadero propósito era mucho más serio. Garion había sido criado en un ambiente humilde y sabía que los problemas de la gente común rara vez llegan al trono, por lo tanto estaba convencido de que necesitaba un par de oídos en la ciudad, no para espiar a los que se oponían a él, sino para tener una idea clara e imparcial de los problemas de su pueblo. Había elegido a Joran para aquella tarea.
Después de echar un vistazo a las copas, los dos entraron en una pequeña habitación privada, al fondo de la tienda.
—Recibí tu nota en cuanto llegué de Arendia —dijo Garion—. ¿Crees que es un asunto serio?
—Sí, Majestad —respondió Joran—. Creo que los impuestos han sido mal calculados y están provocando muchos comentarios desfavorables.
—Todos dirigidos contra mí, supongo.
—Después de todo, tú eres el rey.
—Gracias —repuso Garion con frialdad—. ¿Cuál es la causa del descontento?
—Los impuestos son siempre odiosos —observó el artesano—, pero resultan soportables cuando todos los ciudadanos están obligados a pagar lo mismo. Lo que disgusta a la gente es que algunos estén excluidos.
—¿Excluidos? ¿Qué quieres decir?
—La nobleza no tiene que pagar impuestos comerciales. ¿No lo sabías?
—No —admitió el monarca—. No lo sabía.
—En teoría, los nobles tienen otras obligaciones, como preparar y alimentar a las tropas y cosas por el estilo. Pero eso ya no tiene vigencia, pues la corona cuenta con su propio ejército. Si un noble decide dedicarse al comercio, no tiene que pagar impuestos comerciales, y la única diferencia entre él y cualquier otro mercader es que posee un título. Su tienda es igual a la mía y su actividad también, pero él no debe pagar impuestos y yo sí.
—Eso no parece justo —asintió Garion.
—Lo peor es que yo tengo que subir los precios para pagar los impuestos, mientras que el noble puede mantenerlos más bajos y robarme los clientes.
—Eso tiene que cambiar. Eliminaremos esa ley.
—Los nobles no estarán de acuerdo —le advirtió Joran.
—No tienen por qué estarlo —dijo Garion con tono contundente.
—Eres un rey muy justo, Majestad.
—No es una cuestión de justicia —discrepó Garion—. ¿Cuántos nobles se dedican al comercio en la ciudad?
—Creo que unos veinticinco —respondió Joran encogiéndose de hombros.
—¿Y cuántos comerciantes hay que no sean nobles?
—Cientos.
—Prefiero que me odien veinticinco personas antes que cientos de ellas.
—No lo había considerado de ese modo —admitió el soplador de vidrio.
—Pero es mi obligación hacerlo —dijo Garion con sarcasmo.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings
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