Perdonen que no me levante

30 noviembre, 2012

Las mujeres honran la tradición

“—¿Cómo te encuentras, Polgara? —preguntó Poledra mientras se quitaba la capa.
—Supongo que bien —sonrió tía Pol—. Aunque, como es natural, conozco todo el proceso del embarazo, ésta no deja de ser mi primera experiencia personal. Los bebés dan muchas patadas en esta etapa, ¿verdad? Hace unos minutos, me pateó en tres sitios diferentes al mismo tiempo.
—Es probable que el pequeño también esté dando puñetazos.
—¿El pequeño? —sonrió ella.
—Bueno, es sólo una forma de hablar, Pol.
—Si queréis, puedo echar un vistazo y deciros si será niña o niño —ofreció Belgarath.
—¡Ni se te ocurra! —respondió Polgara—. Quiero descubrirlo por mí misma.
La nevada amainó poco antes del amanecer y las nubes se disiparon a media mañana. Luego salió el sol y brilló con un resplandor deslumbrante sobre el flamante manto blanco que rodeaba la cabaña. El cielo tenía un intenso color azul, y aunque hacía bastante frío, las temperaturas no eran tan severas como correspondía a aquella época del año.
Garion, Durnik y Belgarath se marcharon de la casa al amanecer y pasearon por los alrededores, con la típica sensación de incompetencia que experimentan los hombres en aquellas circunstancias. Por fin se detuvieron a la orilla del arroyuelo que atravesaba el campo de la granja. Belgarath contempló el agua transparente y reparó en varias figuras oscuras bajo la superficie.
—¿Has tenido tiempo para ir a pescar? —le preguntó a Durnik.
—No —respondió Durnik con tristeza—, aunque tampoco me entusiasma tanto como antes.
Todos conocían la razón, pero nadie la mencionó.
Poledra les trajo la comida, pero insistió en que permanecieran fuera. A última hora de la tarde, les ordenó hervir agua en la fragua de Durnik, que estaba en el cobertizo.
—Nunca he entendido esto —dijo Durnik mientras levantaba un perol lleno de agua hirviendo—. ¿Para qué necesitan tanta agua caliente?
—No la necesitan —respondió Belgarath que examinaba la ornamentada cuna que había tallado Durnik, repantigado cómodamente sobre una pila de leña—. Sólo es una excusa para sacar a los hombres del medio. A algún genio del sexo femenino se le ocurrió la idea hace miles de años, y desde entonces las mujeres honran la tradición. Tú limítate a hervir agua, Durnik. No es una tarea tan complicada y contribuye a hacer felices a las mujeres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings
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