Perdonen que no me levante

3 julio, 2012

A veces me pregunto si valió la pena

-Por lo visto, lo conocías -le dijo Seda a Belgarath.

-Lo conocí hace unos treinta años -asintió Belgarath, y meneó la cabeza-. Polgara había venido a averiguar unas cosas a Gar og Nadrak. Reunida la información que buscaba, me envió un mensaje. Yo vine, se la compré a su dueño y partimos hacia casa, pero una temprana tormenta de nieve nos pilló todavía en las montañas. El viejo nos encontró y nos llevó a la cueva donde solía esconderse cuando nevaba tanto. Era una cueva muy cómoda, pero él insistía en guardar al burro dentro. Si no recuerdo mal, Pol y él se pasaron todo el invierno discutiendo sobre el caso.

-¿Cómo se llama? -preguntó Seda con curiosidad. -Nunca lo dijo, y no es correcto preguntar -respondió Belgarath, y se encogió de hombros.

Garion, sin embargo, se había quedado estupefacto con las primeras palabras de su abuelo.

-¿Tía Pol tenía un dueño? -preguntó, incrédulo.

-Es una costumbre nadrak -explicó Seda-. En su sociedad, las mujeres son consideradas como una propiedad. No está bien visto que una mujer vaya por ahí sin dueño.

-¿Era una esclava? -preguntó Garion, y apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

-Por supuesto que no -respondió Belgarath-. ¿Puedes imaginarte a tu tía en esa situación?

-Pero dijiste…

-Dije que se la había comprado al hombre que era su dueño. Su relación era una mera formalidad, nada más. Necesitaba un dueño para poder vivir aquí, y se hizo famoso por ser el propietario de una mujer tan hermosa. -Belgarath hizo una mueca de amargura-. Me costó una fortuna recuperarla, a veces me pregunto si valió la pena.

-¡Abuelo!

La ciudad de las tinieblas (Libro V de Crónicas de Belgarath), de David Eddings
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2 julio, 2012

¿Por qué debería sentir patriotismo?

Los dos siervos estaban vestidos con harapos manchados de barro. Eran hombres de mediana edad y por la expresión de sus rostros se notaba que no habían vivido un día de felicidad en toda su vida. El más delgado de los dos examinaba con atención la tupida maleza, pero el otro vio venir a Ce’Nedra y se quedó mirándola con un temor evidente.
—Lammer —murmuró con asombro—, es ella…, la joven que habló hoy.
Lammer se irguió y su cara macilenta y cubierta de suciedad palideció.
—Señora —dijo con una reverencia grotesca—, íbamos camino de nuestra aldea y no sabíamos que esta parte del bosque fuera vuestra. No hemos cogido nada —añadió y extendió las dos manos abiertas como para corroborar sus palabras.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo? —preguntó ella.
—Esta mañana he comido algo de hierba, señora —respondió Lammer—, y ayer comí un par de nabos. Estaban agusanados, pero no demasiado.
—¿Quién os ha hecho esto? —preguntó Ce’Nedra con los ojos llenos de lágrimas.
Lammer pareció un poco confundido por la pregunta.
—Supongo que el mundo, señora —dijo y se encogió de hombros—. Una parte de lo que juntamos va a nuestro señor y otra parte al señor de él. Luego hay que entregar algo al rey y al administrador real. Y todavía estamos pagando por algunas guerras que nuestro señor tuvo hace varios años. Después de pagar todo eso, no nos queda demasiado.
De repente, Ce’Nedra tuvo un terrible pensamiento.
—Estoy reuniendo tropas para una campaña en el Este —les dijo.
—Sí, señora —respondió Detton, el otro siervo—, escuchamos vuestro discurso.
—¿Y qué problemas os ocasionará esta guerra?
—Tendremos que pagar más impuestos, señora —dijo Detton y se encogió de hombros—, y si nuestros señores deciden participar, se llevarán a combatir a nuestros hijos. Los siervos no suelen ser buenos soldados, pero sirven para cargar bultos, y cuando llega el momento de asaltar un castillo, a los nobles les gusta rodearse de criados que los ayuden con los moribundos.
—Entonces ¿nunca vais a luchar por patriotismo?
—¿Qué puede significar el patriotismo para unos siervos, señora? —le preguntó Lammer—. Hasta hace más o menos un mes, ni siquiera conocía el nombre de mi país. No hay nada en él que me pertenezca, así que ¿por qué debería sentir patriotismo?
Ce’Nedra no podía responder a aquella pregunta. ¡Sus vidas eran tan sombrías, tan desesperadamente vacías! Y su llamada a la lucha sólo significaba más penuria y sufrimientos para ellos.
—¿Qué pasará con vuestras familias? —preguntó ella—. Si Torak vence, ¿los grolims se llevarán a vuestros familiares a los altares?
—No tengo familia, señora —respondió Lammer con voz mortecina—. Mi hijo murió hace varios años. Mi señor estaba luchando en una guerra, atacaron un castillo y la gente que había dentro arrojó alquitrán caliente a los siervos que intentaban levantar una escalera. Cuando mi mujer se enteró, se dejó morir de hambre. Ahora los grolims no pueden hacerles daño y si quieren matarme a mí, no me opondré.
—¿No hay nada en el mundo por lo cual lucharías?
—Por la comida, supongo —dijo Lammer después de reflexionar un momento—. Estoy muy cansado de pasar hambre.
—¿Y tú? —preguntó Ce’Nedra al otro criado.
—Caminaría sobre las brasas por alguien que me alimentara —respondió Detton con fervor.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

1 julio, 2012

Bañarse en invierno

—¿Estás seguro de que aquí estaremos solos? —preguntó Garion con nerviosismo—. No me gustaría que irrumpiera un grupo de mujeres mientras me estoy bañando.
—Los baños de las mujeres están separados —le aseguró Seda—. Los rivanos son muy cuidadosos con estas cosas. No son tan progresistas como los tolnedranos.
—¿Estáis seguros de que bañarse en invierno es bueno para la salud? —preguntó Lelldorin mientras miraba el agua humeante con expresión de desconfianza.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

29 junio, 2012

Nunca debes pedir algo que no estás dispuesto a aceptar

-¿Qué sucede, Elvar? -le preguntó el rey Cho-Hag con una pequeña inclinación de cabeza.

-He venido a felicitarte por tu gran victoria sobre las fuerzas del dios de las tinieblas -respondió el sacerdote.

-Eres muy amable, Elvar -respondió el rey con cortesía.

-Además -continuó Elvar-, ha llegado a mis oídos que un objeto sagrado ha entrado al templo de los algarios y supuse que Su Majestad querría ponerlo en manos de los sacerdotes para protegerlo.

Garion, alarmado por la sugerencia del sacerdote, comenzó a levantarse de su asiento, pero enseguida se detuvo, sin saber cómo explicar su objeción. Misión, sin embargo, ya se había levantado de su sitio y caminaba hacia Elvar con una sonrisa de confianza. Desató con facilidad los nudos que Durnik había hecho con tanto esmero, sacó el Orbe y se lo ofreció al asombrado sacerdote.

-¿Misión? -preguntó.

Los ojos de Elvar se salieron de sus órbitas y retrocedió, levantando las manos para evitar tocarlo.

-Adelante, Elvar -dijo la voz de Polgara desde la puerta con tono sarcástico-. Que aquel que tenga el alma libre de maldad extienda su mano y coja el Orbe.

-Señora Polgara -balbució el sacerdote-. Pensamos que… eh… yo…

-Da la impresión de que tiene ciertas reservas -sugirió Seda con sequedad-. Quizá tenga algunas dudas serias y profundas sobre su propia pureza. Yo diría que eso no es nada conveniente en un sacerdote.

Elvar miró al hombrecillo con expresión de impotencia y las manos aún levantadas.

-Nunca debes pedir algo que no estás dispuesto a aceptar, Elvar -sugirió Polgara.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

26 junio, 2012

Si eso te molesta, no las mires

Tal como temía Garion, el tema favorito de conversación de Relg era el pecado y el joven se asombró de la cantidad de cosas que el fanático consideraba pecaminosas. Olvidarse de rezar antes de una comida, por ejemplo, era una falta grave. Mientras Relg recitaba la tétrica e interminable lista de fallos, Garion descubrió que casi todos sus pecados eran de pensamiento y no de obra. Uno de los asuntos que Relg traía a colación una y otra vez era el de los pensamientos lujuriosos sobre las mujeres, y, a pesar de la vergüenza del muchacho, el fanático se regodeaba en la minuciosa descripción de estos pensamientos.
-Las mujeres no son iguales a nosotros, por supuesto -le confió una tarde mientras cabalgaban-. Sus mentes y sus corazones no son tan puros como los nuestros y usan sus cuerpos con premeditación para tentarnos y hacernos caer en el pecado.
-¿Por qué crees que es así? -preguntó Garion con cautela.
-Sus corazones están llenos de lujuria -declaró Relg con terquedad-, y encuentran un placer especial en tentar a los hombres de bien. Es verdad, Belgarion, la astucia de estas criaturas es increíble. He descubierto pruebas de su ruindad incluso en las señoras serias, las esposas de algunos de mis más devotos seguidores. Siempre te están tocando, rozándote como si fuera un accidente; se arremangan sus túnicas con descaro para mostrar sus brazos redondeados o las levantan dejando al descubierto sus tobillos.
-Si eso te molesta, no las mires -propuso Garion.
Relg ignoró su sugerencia.
-He pensado en prohibirles que se acercaran a mí, pero luego comprendí que mi deber era vigilarlas para prevenir a mis seguidores de su conducta corrupta. Hubo un tiempo en que creí que debía prohibir el matrimonio entre mis fieles, pero los ancianos me dijeron que de ese modo perdería a los más jóvenes. Aun así, todavía creo que podría ser una buena idea.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

¡Vive!

-¿Cómo está la yegua? -se apresuró a preguntar Ce’Nedra.
-Muy débil, pero creo que se pondrá bien.
-¿Y qué pasó con el potrillo?
-Fue demasiado tarde. Lo intentamos todo, pero no pudimos hacer que respirara.
Ce’Nedra se quedó boquiabierta y su cara cobró una palidez cadavérica.
-No te rendirás, ¿verdad? -dijo con un tono casi acusatorio.
-No podemos hacer nada, cariño -le dijo tía Pol con un dejo de tristeza-. Nos demoramos demasiado, y ya no le quedaban fuerzas.
Ce’Nedra la miraba incrédula.
-¡Haz algo! -exigió-, eres una hechicera. ¡Haz algo!
-Lo siento Ce’Nedra, pero eso va más allá de nuestro poder. No podemos cruzar esa barrera.
Entonces la pequeña princesa lanzó un gemido y se puso a llorar con amargura. Tía Pol le pasó un brazo sobre los hombros y la sostuvo mientras sollozaba.
Pero Garion ya se movía. De repente veía con absoluta claridad lo que la cueva esperaba de él y respondió sin pensar. Sin darse prisa, avanzó hacia el fuego.
Hettar estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo, con la cabeza gacha por el dolor. Su coleta, que parecía una crin, caía encima de la cara taciturna del zanquilargo animal.
-Déjamelo a mí, Hettar -dijo Garion.
-¡No, Garion! -gritó a su espalda tía Pol, alarmada.
Hettar levantó la vista. Su cara de halcón reflejaba una profunda tristeza.
-Déjamelo a mí, Hettar -repitió Garion en voz baja. Sin decir palabra, Hettar levantó el pequeño cuerpo inerte, que aún se veía húmedo y brillante a la luz del fuego, y se lo entregó a Garion. Garion se arrodilló y apoyó al potrillo en el suelo delante del fuego centelleante. Posó sus manos sobre las pequeñas costillas del animal y apretó con suavidad-. Respira -dijo casi en un susurro.
-Ya probamos con eso -dijo Hettar con tristeza-. Lo intentamos todo.
Garion comenzó a concentrarse en su voluntad.
-No lo hagas, Garion -dijo tía Pol con firmeza-. Es imposible, y si lo intentas, te harás daño.
Pero Garion no la escuchaba. La cueva hablaba demasiado alto para que pudiera oír nada más. Concentró sus pensamientos en el cuerpo húmedo e inerte del potrillo, luego extendió su mano derecha y apoyó la palma en la inmaculada espaldilla caoba del animal muerto. Tenía la impresión de que un muro se levantaba ante él, negro, impenetrable y mudo, infranqueable para su entendimiento. Intentó empujarlo, pero no se movía, entonces respiró hondo y luchó con todas sus fuerzas.
-Vive -dijo.
-Para ya, Garion.
-Vive -repitió y redobló su esfuerzo por desterrar la oscuridad.
-Ya es demasiado tarde, Pol -escuchó que le decía el señor Lobo a tía Pol en alguna parte-. Ya se ha entregado.
-Vive -repitió Garion, y la agitación que crecía en su interior era tan grande que absorbía todas sus fuerzas. Las brillantes paredes se encendían y se apagaban y de repente comenzaron a resonar como si alguien hiciera sonar una campana en lo más profundo de la montaña. El sonido vibró y llenó el aire del interior de la cueva abovedada con un tembloroso tintineo. Las luces de los muros resplandecieron con un brillo enceguecedor y la estancia quedó tan iluminada como si estuvieran a plena luz del sol.
El pequeño cuerpo del potrillo tembló bajo la mano de Garion y el animalito hizo una profunda y estremecedora inspiración. Garion oyó las exclamaciones de asombro de los demás mientras las patas del potrillo, finas como palillos, comenzaban a moverse. El animal volvió a respirar y abrió los ojos.
-Un milagro -dijo Mandorallen con voz ahogada.
-Tal vez sea algo más que eso -respondió el señor Lobo, con la vista fija en el rostro de Garion.
El potrillo movía la cabeza débilmente sobre su cuello. Extendió las patas e intentó incorporarse. De forma instintiva, se volvió hacia su madre y se aproximó a ella para alimentarse. Su pelaje, que antes de que Garion lo tocara había sido de un profundo color marrón, ahora tenía una brillante mancha blanca en el lomo del mismo tamaño que la señal de la palma de Garion.
El joven se incorporó y se marchó de allí, sin detenerse junto a los demás. Caminó tambaleante hacia la fuente helada que burbujeaba en la abertura del muro y se mojó la cara y el cuello. Luego se arrodilló ante la fuente y se quedó allí un rato; temblaba y respiraba hondo. Entonces sintió que alguien le rozaba el hombro con cautela, casi con timidez. Agotado, levantó la cabeza y vio al potrillo de pie a su lado, ya más firme, mirándolo con una expresión de adoración en sus ojos vidriosos.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

Las cosas simples siempre son las más difíciles de explicar

-Quizá sea mejor que aprenda un poco más sobre este asunto -dijo Garion por fin.
-No es mala idea. ¿Qué es lo que quieres saber?
-Supongo que todo.
-Me temo que eso llevará mucho tiempo -rió el señor Lobo.
A Garion se le paralizó el corazón.
-¿Es tan complicado?
-No, en realidad es muy simple, pero las cosas simples siempre son las más difíciles de explicar.
-Eso no tiene sentido -protestó Garion, un tanto ofuscado.
-¿Ah no? -repuso Lobo, mirándolo con expresión divertida-. Entonces, permíteme que te haga una pregunta simple: ¿Cuánto es dos más dos?
-Cuatro -se apresuró a contestar Garion.
-¿Por qué?
Garion vaciló un momento.
-Simplemente es así -respondió sin convicción.
-Pero ¿por qué?
-No hay razón. Simplemente es así.
-Siempre hay una razón para todo, Garion.
-Muy bien, entonces, ¿por qué dos más dos son cuatro?
-No lo sé -admitió Lobo-. Pensé que tal vez tú lo sabrías.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

Tus caídas de ojos

-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó Ce’Nedra.
-Creo que tendrás que seguir con nosotros -respondió tía Pol.
-No hay ninguna razón para que viaje a Nyissa -replicó Ce’Nedra.
-Irás porque yo te lo ordeno -le dijo tía Pol-. Yo no soy tu padre, Ce’Nedra; tus pucheros no me rompen el corazón y tus caídas de ojos no me impresionan en lo más mínimo.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

22 junio, 2012

La fruta y el agua no son buenas para la salud

Filed under: Historias para no dormir — ummo @ 21:55
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-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó Ce’Nedra.
-Creo que tendrás que seguir con nosotros -respondió tía Pol.
-No hay ninguna razón para que viaje a Nyissa -replicó Ce’Nedra.
-Irás porque yo te lo ordeno -le dijo tía Pol-. Yo no soy tu padre, Ce’Nedra; tus pucheros no me rompen el corazón y tus caídas de ojos no me impresionan en lo más mínimo.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

12 junio, 2012

Como todos los reyes


Seda -dijo Garion el segundo día, deslizándose hasta el banco donde el hombrecillo de rostro de hurón estaba adormilado.
-¿Sí, muchacho? -respondió el aludido, incorporándose.
-¿Qué clase de persona es el rey?
-¿Qué rey?
-El de Sendaria.
-Un hombre estúpido… como todos los reyes. –Seda se echó a reír-. Los reyes sendarios son tal vez un poco más estúpidos, pero es lógico que así sea.
 

La senda de la profecía (Libro I de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

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