Perdonen que no me levante

30 noviembre, 2012

Las mujeres honran la tradición

“—¿Cómo te encuentras, Polgara? —preguntó Poledra mientras se quitaba la capa.
—Supongo que bien —sonrió tía Pol—. Aunque, como es natural, conozco todo el proceso del embarazo, ésta no deja de ser mi primera experiencia personal. Los bebés dan muchas patadas en esta etapa, ¿verdad? Hace unos minutos, me pateó en tres sitios diferentes al mismo tiempo.
—Es probable que el pequeño también esté dando puñetazos.
—¿El pequeño? —sonrió ella.
—Bueno, es sólo una forma de hablar, Pol.
—Si queréis, puedo echar un vistazo y deciros si será niña o niño —ofreció Belgarath.
—¡Ni se te ocurra! —respondió Polgara—. Quiero descubrirlo por mí misma.
La nevada amainó poco antes del amanecer y las nubes se disiparon a media mañana. Luego salió el sol y brilló con un resplandor deslumbrante sobre el flamante manto blanco que rodeaba la cabaña. El cielo tenía un intenso color azul, y aunque hacía bastante frío, las temperaturas no eran tan severas como correspondía a aquella época del año.
Garion, Durnik y Belgarath se marcharon de la casa al amanecer y pasearon por los alrededores, con la típica sensación de incompetencia que experimentan los hombres en aquellas circunstancias. Por fin se detuvieron a la orilla del arroyuelo que atravesaba el campo de la granja. Belgarath contempló el agua transparente y reparó en varias figuras oscuras bajo la superficie.
—¿Has tenido tiempo para ir a pescar? —le preguntó a Durnik.
—No —respondió Durnik con tristeza—, aunque tampoco me entusiasma tanto como antes.
Todos conocían la razón, pero nadie la mencionó.
Poledra les trajo la comida, pero insistió en que permanecieran fuera. A última hora de la tarde, les ordenó hervir agua en la fragua de Durnik, que estaba en el cobertizo.
—Nunca he entendido esto —dijo Durnik mientras levantaba un perol lleno de agua hirviendo—. ¿Para qué necesitan tanta agua caliente?
—No la necesitan —respondió Belgarath que examinaba la ornamentada cuna que había tallado Durnik, repantigado cómodamente sobre una pila de leña—. Sólo es una excusa para sacar a los hombres del medio. A algún genio del sexo femenino se le ocurrió la idea hace miles de años, y desde entonces las mujeres honran la tradición. Tú limítate a hervir agua, Durnik. No es una tarea tan complicada y contribuye a hacer felices a las mujeres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings
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29 noviembre, 2012

La rapidez resultó asombrosa

“La burocracia estuvo a punto de sufrir un ataque colectivo de apoplejía cuando anuncié la autonomía de los Protectorados Dalasianos. Creo que los dalasianos deben tener la oportunidad de seguir su propio camino, pero muchos miembros de la burocracia tenían intereses establecidos allí y gimotearon, protestaron e hicieron pucheros igual que los generales. Sin embargo, todo eso llegó a un súbito fin cuando anuncié que Brador realizaría una investigación financiera de cada uno de los responsables de departamentos gubernamentales. La rapidez con que los burócratas se deshicieron de sus propiedades en los protectorados resultó asombrosa.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

28 noviembre, 2012

Tiene sus inconvenientes

“—Eres capaz de hacer cualquier cosa, ¿verdad? —preguntó Zakath mientras continuaban caminando por el pasillo.
—¿Para concluir nuestro trabajo? Por supuesto.
—Y cuando yo interferí contigo en Rak Hagga, podrías haberte deshecho de mí, ¿no es cierto?
—Es probable.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que podría necesitarte más adelante y noté que eras más importante de lo que creían los demás.
—¿Hay algo más importante que ser emperador de la mitad del mundo?
—Eso es una tontería, Zakath —dijo Belgarath con desprecio—. Tu amigo es el Señor Supremo del Oeste y aún tiene dificultades para ponerse cada bota en el pie indicado.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Garion con vehemencia.
—Será porque ahora cuentas con la ayuda de Ce’Nedra. Eso es lo que tú necesitas, Zakath, una esposa, alguien que te dé una apariencia presentable.
—Me temo que eso es imposible, Belgarath —suspiró Zakath.
—Ya lo veremos —dijo el hombre eterno.
En sus aposentos del palacio de Dal Perivor no los recibieron con la misma cordialidad que en la sala del trono.
—¡Viejo estúpido! —le gritó Polgara a Belgarath.
A partir de ese momento, la situación se deterioró con suma rapidez.
—¡Tú, idiota! —le gritó Ce’Nedra a Garion.
—Por favor, Ce’Nedra —dijo Polgara con suavidad—, primero déjame acabar a mí.
—Oh, por supuesto Polgara —asintió la reina de Riva con cortesía—. Lo siento. Tú has soportado muchos más años de afrentas que yo. Además, yo puedo pillar a éste a solas en la cama y decirle unas cuantas cosas.
—¿Y tú querías que me casara? —le preguntó Zakath a Belgarath.
—Tiene sus inconvenientes —respondió Belgarath con calma”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

27 noviembre, 2012

La coherencia es la defensa de las mentes mediocres

“Beldin atravesó planeando el bosque moteado por el sol, evitando los árboles con diestros movimientos de las alas. Por fin se posó en el suelo y recuperó su forma natural.
—¿Problemas? —le preguntó Belgarath.
—No tantos como esperaba —respondió el enano encogiéndose de hombros—. Y eso me preocupa un poco.
—¿No es una incoherencia?
La coherencia es la defensa de las mentes mediocres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

22 noviembre, 2012

Hasta que aprendamos a perdonar

“—Sin embargo te cae bien, ¿verdad?
—Sí, me cae bien. Ojalá lo hubiera conocido antes de que Taur Urgas le arruinara la vida.,—Hizo una pausa y su rostro cobró una expresión grave—. Ése sí que era un hombre con el cual me habría gustado pelear. Contaminó el mundo entero con su mera presencia en él.
—Pero no fue culpa suya. Estaba loco y eso lo justifica.
—Eres un joven muy indulgente, Eriond.
—¿No es más fácil perdonar que odiar? Este tipo de cosas seguirá sucediendo hasta que aprendamos a perdonar —añadió mientras señalaba las columnas de humo que se elevaban al norte—. El odio es un sentimiento estéril, Belgarion.
—Lo sé —suspiró Garion—. Yo odiaba a Torak, pero creo que al final lo perdoné… aunque sólo fuera por compasión. Sin embargo, tuve que matarlo a pesar de todo.
—¿Cómo crees que sería el mundo si los hombres dejaran de matarse unos a otros?
—Quizá sería un sitio mejor.
—¿Entonces por qué no intentamos que sea así?
—¿Tú y yo? —rió Garion—. ¿Los dos solos?
—¿Por qué no?
—Porque es imposible, Eriond.
—Pensé que hacía mucho tiempo que tú y Belgarath habían dejado claro que nada es imposible.
—Sí, supongo que sí —volvió a reír Garion—. Olvidemos la expresión «imposible». ¿Te gusta más «extremadamente difícil»?
—Nada que valga la pena puede ser fácil, Belgarion. Si lo fuera, no lo valoraríamos. Sin embargo, estoy seguro de que podremos encontrar una solución al problema.
Lo dijo con tal convicción que por un instante Garion casi creyó en la viabilidad de aquella disparatada idea, pero luego volvió a mirar hacia las columnas de humo y su esperanza se desvaneció.
—Supongo que deberíamos volver a informar a los demás de lo que sucede allí —dijo.”

Crónicas de Mallorea IV: La hechicera de Darshiva, de David Eddings

17 noviembre, 2012

Oportunidades de robar

“—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le preguntó Seda a su socio. Yarblek asintió con un gesto—. Bien, entonces haz todo lo posible para mantenerme fuera de ese asunto.
—¿Por qué insistes en meterte en política, Seda?
—Porque de ese modo tengo más oportunidades de robar.
—¡Oh! —exclamó Yarblek—. Está bien. —Extendió la mano y añadió—: Cuídate, Seda.
—Tú también, Yarblek. Intenta ganar mucho dinero. Nos veremos dentro de un año.
—Si sobrevives.
—Por supuesto.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

16 noviembre, 2012

Diez años sin bañarme

“Los ojos de Polgara se iluminaron cuando Brador abrió la puerta de la habitación que compartiría con Durnik. Detrás de la arcada de la salita principal había una gran bañera empotrada en el suelo, desde donde se elevaban nubecillas de vapor.
—¡Cielos! —exclamó ella—. Por fin llegamos a la civilización.
—Intenta no pasarte el día en el agua, Polgara.
—De acuerdo, padre —respondió ella con aire ausente sin dejar de mirar, arrobada, la bañera de cálidos vapores.
—¿Tan importante es? —preguntó él.
—Sí, padre —respondió ella.
—Tiene un prejuicio irracional contra la suciedad —dijo sonriendo a los demás—. Yo, por el contrario, siempre le he tenido apego.
—Eso resulta obvio —dijo ella. Luego se detuvo—. A propósito, Viejo Lobo —dijo con tono crítico mientras los demás comenzaban a salir—, si tu habitación goza de las mismas comodidades que ésta, creo que tú también deberías hacer uso de ellas.
—¿Yo?
—Hueles mal, padre.
—No, Pol —le corrigió él—. Tú hueles mal, yo apesto.
—Con más razón. Lávate, padre —insistió ella mientras comenzaba a quitarse los zapatos.
—He llegado a pasar diez años sin bañarme —declaró él.
—Sí, padre —dijo ella—, lo sé. Los dioses son testigos de que lo sé. Ahora —dijo en tono resuelto—, si me disculpáis… —añadió mientras comenzaba a desabotonarse el vestido.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

9 noviembre, 2012

La lealtad de las clases inferiores

“Cerca de allí, en una calle lateral, una mujer rubicunda reñía a voz en grito a un hombre flacucho y con expresión estúpida mientras un grupo de soldados sacaban muebles de una casa y los cargaban en un carro desvencijado.
—¿Por qué tuviste que hacerlo, Actas? —gritaba furiosa la mujer—. ¿Por qué tuviste que emborracharte e insultar a tu capitán? ¿Qué será de nosotros ahora? Me he pasado todos estos años viviendo en una inmunda casucha esperando que te ascendieran, y cuando pensaba que las cosas iban a mejorar, tuviste que emborracharte para que volvieran a convertirte en un civil. —El hombre balbució algo—. ¿Qué has dicho? —preguntó ella.
—Nada, cariño.
—No pienso perdonarte, Actas, te lo aseguro.
—La vida tiene estos pequeños altibajos, ¿verdad? —murmuró Sadi cuando se hubieron alejado lo suficiente para que no pudieran oírlo.
—Yo no le encuentro ninguna gracia —dijo Ce’Nedra con sorprendente vehemencia—. Los están echando de su casa por un simple momento de estupidez. ¿Nadie puede hacer nada?
Zakath la miró con expresión crítica y luego hizo una señal a uno de los oficiales que cabalgaba respetuosamente detrás de ellos.
—Averigua en qué unidad estaba ese hombre —le ordenó—. Luego ve a ver a su capitán y dile que consideraría un favor personal que readmitiera a Actas en su puesto siempre que él prometa mantenerse sobrio.
—Enseguida, Majestad —dijo el oficial, luego saludó y se alejó de allí.
—Gracias, Majestad —dijo Ce’Nedra, que parecía un poco sorprendida.
—Es un placer, Ce’Nedra —respondió Zakath haciendo una reverencia. Luego dejó escapar una risita—. De todos modos, no me cabe la menor duda de que la esposa de Actas se ocupará de hacerle pagar su error.
—¿No temes que estos hechos compasivos arruinen tu reputación, Majestad? —preguntó Sadi.
—No —respondió Zakath—. Un gobernante debe ser siempre un hombre impredecible, Sadi. Es una buena forma de desconcertar a los subalternos. Además, un acto ocasional de caridad hacia las clases inferiores ayuda a consolidar su lealtad.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

Forma parte de su naturaleza

“—¿Cómo te encuentras esta mañana, Majestad? —le preguntó Prala al apesadumbrado Urgit con una falsa expresión de compasión en la cara.
—Enfermo.
—La culpa es tuya, ¿sabes?
—Por favor, no me lo recuerdes. —Ella sonrió con dulzura—. Te estás divirtiendo, ¿verdad? —la acusó él.
—Pues sí, Majestad —admitió ella con una pequeña inclinación de cabeza—, la verdad es que sí.
Luego cogió las dos jarras y se las llevó consigo hacia la popa.
—¿Todas son iguales? —preguntó Urgit—. ¿Tan crueles?
—¿Las mujeres? —dijo Belgarath encogiéndose de hombros—. Por supuesto. Forma parte de su naturaleza.”

Crónicas de Mallorea II: El rey de los Murgos, de David Eddings

1 noviembre, 2012

El derecho a la autodeterminación

“Escarmentados por el fracaso del intento de asesinato de los Honeth, los Vordue decidieron provocar una guerra de secesión. Poco después de la coronación de Varana como Ran Borune XXIV, la familia Vordue declaró que su gran ducado no pertenecía a Tolnedra, sino que era un reino independiente…, aunque aún no habían decidido cuál de sus miembros ascendería al trono.
—Varana tendrá que enviar a las legiones para detenerlos —declaró Anheg mientras se limpiaba con la manga la aureola de espuma que la cerveza le había dejado en la boca—. De lo contrario, las demás familias también se separarán y Tolnedra saltará en pedazos como un muelle roto.
—No es tan simple, Anheg —explicó Porenn con suavidad y apartó la vista de la ventana por donde había estado contemplando la actividad del puerto situado abajo. La reina de Drasnia vestía de riguroso luto y el negro parecía realzar su belleza y su cabello rubio—. Las legiones se enfrentarían sin reparos a un ejército extranjero, pero Varana no puede pedirles que luchen contra su propio pueblo.
—Podría traer las legiones del sur —dijo Anheg encogiéndose de hombros—. Son todos Borune, Anadile o Ranite y no les importaría combatir contra los Vordue.
—Pero entonces las legiones del norte intervendrían para detenerlos, y en cuanto comenzaran a enfrentarse entre sí el imperio se desintegraría.
—La verdad es que no lo había considerado de ese modo —admitió Anheg—. ¿Sabes, Porenn? Eres extremadamente inteligente… para ser mujer.
—Y tú eres extremadamente perspicaz… para ser hombre —respondió la reina con una dulce sonrisa.
—Un tanto para ella —dijo Cho-Hag en voz baja.
—¿Estáis apuntando los tantos? —preguntó Garion con suavidad.
—Ayuda a llevar una especie de registro de todo lo que se dice —explicó el jefe supremo de los clanes de Algaria con expresión grave.
Unos días más tarde, llegó la noticia del novedoso método de Varana para resolver el conflicto con los Vordue. Una mañana, un barco drasniano entró en el puerto de Riva y un agente del servicio de inteligencia entregó una serie de informes a la reina Porenn. Después de leerlos, la reina entró en la sala del consejo con una sonrisa pícara.
—Creo que debemos dejar a un lado nuestras reservas sobre el talento de Varana como gobernante, caballeros —les dijo a los reyes alorns—. Parece que ha encontrado una solución al problema de los Vordue.
—¿Ah sí? —preguntó Brand con su portentosa voz—. ¿Cuál?
—Mis agentes me han informado de que ha hecho un pacto secreto con Korodullin de Arendia. El llamado «Reino de Vordue», de repente, se ha llenado de bandidos arendianos…, casi todos vestidos con armaduras, por extraño que parezca.
—Espera un momento, Porenn —interrumpió Anheg—. Si se trata de un pacto secreto, ¿cómo es que tú lo conoces?
—Oh, Anheg —dijo la menuda reina de Drasnia entornando los párpados en un gesto de falsa modestia—, ¿todavía no te has enterado de que yo lo sé todo?
—Otro tanto para ella —le indicó Cho-Hag a Garion.
—Yo diría que sí —asintió Garion.
—Sea como fuere —continuó Porenn—, la cuestión es que ahora hay batallones enteros de imprudentes caballeros mimbranos en Vordue, todos actuando como bandidos, saqueando y robando a voluntad. Los Vordue no tienen un ejército propiamente dicho, de modo que han pedido ayuda a las legiones. Mis agentes han conseguido una copia de la respuesta de Varana. —Desplegó un documento y comenzó a leer—. «Saludos al gobierno del Reino de Vordue. Vuestra reciente solicitud de ayuda me ha sorprendido mucho, pues suponía que los estimados caballeros de Tol Vordue no desearían verme romper la soberanía del recién establecido reino enviando a las legiones al otro lado de la frontera, para echar a unos cuantos bandidos arendianos. El mantenimiento del orden público es una responsabilidad fundamental de cualquier gobierno y yo nunca osaría entrometerme en un asunto tan importante. Hacerlo significaría despertar graves dudas en las mentes de los hombres razonables sobre la viabilidad de vuestro nuevo Estado. Sin embargo, os envío mis mejores deseos de éxito en esta cuestión que, después de todo, es estrictamente de competencia interna.»
Anheg comenzó a reír a carcajadas mientras golpeaba la mesa con su enorme puño.
—Creo que esto merece un trago —rió.
—Más bien varios —asintió Garion—. Podemos brindar por los esfuerzos de los Vordue por mantener el orden.
—Confío en que sabréis disculparme, caballeros —dijo la reina—, pero ninguna mujer podría competir con los reyes de Aloria en lo referente a la bebida.
—Por supuesto, Porenn —asintió Anheg, magnánimo—, nosotros nos beberemos tu parte.
—Es muy amable de tu parte —murmuró ella, y se retiró.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

31 octubre, 2012

Eso no parece justo

“La misión que tenía en la ciudad aquella mañana lo llevó a la tienda de un joven soplador de vidrio, un habilidoso artesano llamado Joran. En apariencia, la visita tenía por objeto examinar un juego de copas de cristal que había encargado para regalarle a Ce’Nedra, pero el verdadero propósito era mucho más serio. Garion había sido criado en un ambiente humilde y sabía que los problemas de la gente común rara vez llegan al trono, por lo tanto estaba convencido de que necesitaba un par de oídos en la ciudad, no para espiar a los que se oponían a él, sino para tener una idea clara e imparcial de los problemas de su pueblo. Había elegido a Joran para aquella tarea.
Después de echar un vistazo a las copas, los dos entraron en una pequeña habitación privada, al fondo de la tienda.
—Recibí tu nota en cuanto llegué de Arendia —dijo Garion—. ¿Crees que es un asunto serio?
—Sí, Majestad —respondió Joran—. Creo que los impuestos han sido mal calculados y están provocando muchos comentarios desfavorables.
—Todos dirigidos contra mí, supongo.
—Después de todo, tú eres el rey.
—Gracias —repuso Garion con frialdad—. ¿Cuál es la causa del descontento?
—Los impuestos son siempre odiosos —observó el artesano—, pero resultan soportables cuando todos los ciudadanos están obligados a pagar lo mismo. Lo que disgusta a la gente es que algunos estén excluidos.
—¿Excluidos? ¿Qué quieres decir?
—La nobleza no tiene que pagar impuestos comerciales. ¿No lo sabías?
—No —admitió el monarca—. No lo sabía.
—En teoría, los nobles tienen otras obligaciones, como preparar y alimentar a las tropas y cosas por el estilo. Pero eso ya no tiene vigencia, pues la corona cuenta con su propio ejército. Si un noble decide dedicarse al comercio, no tiene que pagar impuestos comerciales, y la única diferencia entre él y cualquier otro mercader es que posee un título. Su tienda es igual a la mía y su actividad también, pero él no debe pagar impuestos y yo sí.
—Eso no parece justo —asintió Garion.
—Lo peor es que yo tengo que subir los precios para pagar los impuestos, mientras que el noble puede mantenerlos más bajos y robarme los clientes.
—Eso tiene que cambiar. Eliminaremos esa ley.
—Los nobles no estarán de acuerdo —le advirtió Joran.
—No tienen por qué estarlo —dijo Garion con tono contundente.
—Eres un rey muy justo, Majestad.
—No es una cuestión de justicia —discrepó Garion—. ¿Cuántos nobles se dedican al comercio en la ciudad?
—Creo que unos veinticinco —respondió Joran encogiéndose de hombros.
—¿Y cuántos comerciantes hay que no sean nobles?
—Cientos.
—Prefiero que me odien veinticinco personas antes que cientos de ellas.
—No lo había considerado de ese modo —admitió el soplador de vidrio.
—Pero es mi obligación hacerlo —dijo Garion con sarcasmo.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

30 octubre, 2012

A las mujeres nos gusta saber esas cosas

“La feroz cara de halcón de Hettar se iluminó con una atontada expresión de dicha.
—Es un niño —dijo con el enorme orgullo de un padre primerizo.
—Eso ya lo sabemos —repuso Polgara con calma—. ¿Cuánto medía al nacer?
—Oh —respondió Hettar, perplejo—, yo diría que era así de grande. —Y abrió las manos a medio metro de distancia.
—¿Nadie se tomó el trabajo de medirlo?
—Supongo que sí. Mi madre y las demás mujeres le hicieron todo tipo de cosas cuando nació.
—¿Y cuánto pesaba?
—Calculo que tanto como una liebre adulta, una bastante grande, o quizá lo mismo que uno de esos quesos rojos sendarios.
—Ya veo; unos cincuenta centímetros de largo y tres kilos y medio o cuatro de peso, ¿es eso lo que quieres decir? —preguntó mirándolo fijamente.
—Supongo que sí.
—¿Y por qué no lo dices? —preguntó con exasperación.
—¿Tan importante es? —preguntó él, atónito.
—Sí, Hettar, es muy importante. A las mujeres nos gusta saber esas cosas.
—Intentaré recordarlo. Mi única preocupación cuando nació fue que tuviera el número normal de brazos, piernas, orejas, nariz, ya sabes.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

29 octubre, 2012

Ellos comparten la comida y la bebida

“Misión sabía que Belgarath y Beldin se tenían verdadero aprecio y que las discusiones que entablaban eran una de sus formas favoritas de entretenerse, de modo que continuó con su tarea mientras los escuchaba.
—¿Quieres una jarra de cerveza? —preguntó Belgarath.
—Si tú la fabricaste, no —respondió el otro con tono grosero—. Cualquiera pensaría que un hombre que bebe tanta cerveza como tú, ya habría aprendido a hacerla decentemente.
—La última vez no estuvo tan mal —protestó el hechicero.
—He bebido agua estancada con mejor sabor.
—Deja de preocuparte. He cogido este barril de los gemelos.
—¿Ellos lo saben?
—¿Y eso qué importancia tiene? De cualquier forma, lo compartimos todo.
Beldin arqueó las pobladas cejas con expresión de asombro.
—Ellos comparten la comida y la bebida mientras tú compartes la sed y el hambre. Supongo que es un buen sistema.
—Por supuesto que sí —dijo Belgarath algo ofendido, y se volvió hacia Misión—. ¿Es necesario que sigas haciendo eso?
El niño alzó la vista de las baldosas que estaba limpiando afanosamente.
—¿Te molesta? —preguntó.
—Por supuesto que sí. ¿No sabes que es de muy mala educación trabajar mientras yo descanso?
—Intentaré recordarlo. ¿Cuánto tiempo crees que estarás descansando?
—Deja ese cepillo de una vez, Misión —le ordenó Belgarath—. Ese suelo ha estado sucio durante un montón de siglos y puede seguir así un día más.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

Un espacio libre en el centro

“Por fin, la nieve dio paso a una semana de cálidas lluvias de primavera y, cuando el cielo se volvió otra vez azul, Belgarath decidió que era hora de seguir su viaje.
—En realidad no es nada urgente —admitió—, pero me gustaría ver al viejo Beldin y a los gemelos. Además, es un buen momento para ordenar mi torre. Lo he estado posponiendo durante los últimos siglos.
—Si quieres, podemos acompañarte —se ofreció Polgara—. Después de todo, tú nos ayudaste con la cabaña, aunque no lo hicieras con mucho entusiasmo. Ahora sería justo que te ayudáramos a limpiar la torre.
—Gracias, Pol —declinó él con firmeza—, pero tu idea de la limpieza es un poco drástica para mi gusto. Cuando tú ordenas, el cubo de la basura acaba lleno de cosas que más tarde podrían serme útiles. Para mí, una habitación está lo suficientemente limpia cuando tiene un espacio libre en el centro.
—¡Oh, padre! —rió ella—, nunca cambiarás.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

3 julio, 2012

A veces me pregunto si valió la pena

-Por lo visto, lo conocías -le dijo Seda a Belgarath.

-Lo conocí hace unos treinta años -asintió Belgarath, y meneó la cabeza-. Polgara había venido a averiguar unas cosas a Gar og Nadrak. Reunida la información que buscaba, me envió un mensaje. Yo vine, se la compré a su dueño y partimos hacia casa, pero una temprana tormenta de nieve nos pilló todavía en las montañas. El viejo nos encontró y nos llevó a la cueva donde solía esconderse cuando nevaba tanto. Era una cueva muy cómoda, pero él insistía en guardar al burro dentro. Si no recuerdo mal, Pol y él se pasaron todo el invierno discutiendo sobre el caso.

-¿Cómo se llama? -preguntó Seda con curiosidad. -Nunca lo dijo, y no es correcto preguntar -respondió Belgarath, y se encogió de hombros.

Garion, sin embargo, se había quedado estupefacto con las primeras palabras de su abuelo.

-¿Tía Pol tenía un dueño? -preguntó, incrédulo.

-Es una costumbre nadrak -explicó Seda-. En su sociedad, las mujeres son consideradas como una propiedad. No está bien visto que una mujer vaya por ahí sin dueño.

-¿Era una esclava? -preguntó Garion, y apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

-Por supuesto que no -respondió Belgarath-. ¿Puedes imaginarte a tu tía en esa situación?

-Pero dijiste…

-Dije que se la había comprado al hombre que era su dueño. Su relación era una mera formalidad, nada más. Necesitaba un dueño para poder vivir aquí, y se hizo famoso por ser el propietario de una mujer tan hermosa. -Belgarath hizo una mueca de amargura-. Me costó una fortuna recuperarla, a veces me pregunto si valió la pena.

-¡Abuelo!

La ciudad de las tinieblas (Libro V de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

2 julio, 2012

¿Por qué debería sentir patriotismo?

Los dos siervos estaban vestidos con harapos manchados de barro. Eran hombres de mediana edad y por la expresión de sus rostros se notaba que no habían vivido un día de felicidad en toda su vida. El más delgado de los dos examinaba con atención la tupida maleza, pero el otro vio venir a Ce’Nedra y se quedó mirándola con un temor evidente.
—Lammer —murmuró con asombro—, es ella…, la joven que habló hoy.
Lammer se irguió y su cara macilenta y cubierta de suciedad palideció.
—Señora —dijo con una reverencia grotesca—, íbamos camino de nuestra aldea y no sabíamos que esta parte del bosque fuera vuestra. No hemos cogido nada —añadió y extendió las dos manos abiertas como para corroborar sus palabras.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo? —preguntó ella.
—Esta mañana he comido algo de hierba, señora —respondió Lammer—, y ayer comí un par de nabos. Estaban agusanados, pero no demasiado.
—¿Quién os ha hecho esto? —preguntó Ce’Nedra con los ojos llenos de lágrimas.
Lammer pareció un poco confundido por la pregunta.
—Supongo que el mundo, señora —dijo y se encogió de hombros—. Una parte de lo que juntamos va a nuestro señor y otra parte al señor de él. Luego hay que entregar algo al rey y al administrador real. Y todavía estamos pagando por algunas guerras que nuestro señor tuvo hace varios años. Después de pagar todo eso, no nos queda demasiado.
De repente, Ce’Nedra tuvo un terrible pensamiento.
—Estoy reuniendo tropas para una campaña en el Este —les dijo.
—Sí, señora —respondió Detton, el otro siervo—, escuchamos vuestro discurso.
—¿Y qué problemas os ocasionará esta guerra?
—Tendremos que pagar más impuestos, señora —dijo Detton y se encogió de hombros—, y si nuestros señores deciden participar, se llevarán a combatir a nuestros hijos. Los siervos no suelen ser buenos soldados, pero sirven para cargar bultos, y cuando llega el momento de asaltar un castillo, a los nobles les gusta rodearse de criados que los ayuden con los moribundos.
—Entonces ¿nunca vais a luchar por patriotismo?
—¿Qué puede significar el patriotismo para unos siervos, señora? —le preguntó Lammer—. Hasta hace más o menos un mes, ni siquiera conocía el nombre de mi país. No hay nada en él que me pertenezca, así que ¿por qué debería sentir patriotismo?
Ce’Nedra no podía responder a aquella pregunta. ¡Sus vidas eran tan sombrías, tan desesperadamente vacías! Y su llamada a la lucha sólo significaba más penuria y sufrimientos para ellos.
—¿Qué pasará con vuestras familias? —preguntó ella—. Si Torak vence, ¿los grolims se llevarán a vuestros familiares a los altares?
—No tengo familia, señora —respondió Lammer con voz mortecina—. Mi hijo murió hace varios años. Mi señor estaba luchando en una guerra, atacaron un castillo y la gente que había dentro arrojó alquitrán caliente a los siervos que intentaban levantar una escalera. Cuando mi mujer se enteró, se dejó morir de hambre. Ahora los grolims no pueden hacerles daño y si quieren matarme a mí, no me opondré.
—¿No hay nada en el mundo por lo cual lucharías?
—Por la comida, supongo —dijo Lammer después de reflexionar un momento—. Estoy muy cansado de pasar hambre.
—¿Y tú? —preguntó Ce’Nedra al otro criado.
—Caminaría sobre las brasas por alguien que me alimentara —respondió Detton con fervor.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

1 julio, 2012

Bañarse en invierno

—¿Estás seguro de que aquí estaremos solos? —preguntó Garion con nerviosismo—. No me gustaría que irrumpiera un grupo de mujeres mientras me estoy bañando.
—Los baños de las mujeres están separados —le aseguró Seda—. Los rivanos son muy cuidadosos con estas cosas. No son tan progresistas como los tolnedranos.
—¿Estáis seguros de que bañarse en invierno es bueno para la salud? —preguntó Lelldorin mientras miraba el agua humeante con expresión de desconfianza.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

29 junio, 2012

Nunca debes pedir algo que no estás dispuesto a aceptar

-¿Qué sucede, Elvar? -le preguntó el rey Cho-Hag con una pequeña inclinación de cabeza.

-He venido a felicitarte por tu gran victoria sobre las fuerzas del dios de las tinieblas -respondió el sacerdote.

-Eres muy amable, Elvar -respondió el rey con cortesía.

-Además -continuó Elvar-, ha llegado a mis oídos que un objeto sagrado ha entrado al templo de los algarios y supuse que Su Majestad querría ponerlo en manos de los sacerdotes para protegerlo.

Garion, alarmado por la sugerencia del sacerdote, comenzó a levantarse de su asiento, pero enseguida se detuvo, sin saber cómo explicar su objeción. Misión, sin embargo, ya se había levantado de su sitio y caminaba hacia Elvar con una sonrisa de confianza. Desató con facilidad los nudos que Durnik había hecho con tanto esmero, sacó el Orbe y se lo ofreció al asombrado sacerdote.

-¿Misión? -preguntó.

Los ojos de Elvar se salieron de sus órbitas y retrocedió, levantando las manos para evitar tocarlo.

-Adelante, Elvar -dijo la voz de Polgara desde la puerta con tono sarcástico-. Que aquel que tenga el alma libre de maldad extienda su mano y coja el Orbe.

-Señora Polgara -balbució el sacerdote-. Pensamos que… eh… yo…

-Da la impresión de que tiene ciertas reservas -sugirió Seda con sequedad-. Quizá tenga algunas dudas serias y profundas sobre su propia pureza. Yo diría que eso no es nada conveniente en un sacerdote.

Elvar miró al hombrecillo con expresión de impotencia y las manos aún levantadas.

-Nunca debes pedir algo que no estás dispuesto a aceptar, Elvar -sugirió Polgara.

El castillo de la magia (Libro IV de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

26 junio, 2012

Si eso te molesta, no las mires

Tal como temía Garion, el tema favorito de conversación de Relg era el pecado y el joven se asombró de la cantidad de cosas que el fanático consideraba pecaminosas. Olvidarse de rezar antes de una comida, por ejemplo, era una falta grave. Mientras Relg recitaba la tétrica e interminable lista de fallos, Garion descubrió que casi todos sus pecados eran de pensamiento y no de obra. Uno de los asuntos que Relg traía a colación una y otra vez era el de los pensamientos lujuriosos sobre las mujeres, y, a pesar de la vergüenza del muchacho, el fanático se regodeaba en la minuciosa descripción de estos pensamientos.
-Las mujeres no son iguales a nosotros, por supuesto -le confió una tarde mientras cabalgaban-. Sus mentes y sus corazones no son tan puros como los nuestros y usan sus cuerpos con premeditación para tentarnos y hacernos caer en el pecado.
-¿Por qué crees que es así? -preguntó Garion con cautela.
-Sus corazones están llenos de lujuria -declaró Relg con terquedad-, y encuentran un placer especial en tentar a los hombres de bien. Es verdad, Belgarion, la astucia de estas criaturas es increíble. He descubierto pruebas de su ruindad incluso en las señoras serias, las esposas de algunos de mis más devotos seguidores. Siempre te están tocando, rozándote como si fuera un accidente; se arremangan sus túnicas con descaro para mostrar sus brazos redondeados o las levantan dejando al descubierto sus tobillos.
-Si eso te molesta, no las mires -propuso Garion.
Relg ignoró su sugerencia.
-He pensado en prohibirles que se acercaran a mí, pero luego comprendí que mi deber era vigilarlas para prevenir a mis seguidores de su conducta corrupta. Hubo un tiempo en que creí que debía prohibir el matrimonio entre mis fieles, pero los ancianos me dijeron que de ese modo perdería a los más jóvenes. Aun así, todavía creo que podría ser una buena idea.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

¡Vive!

-¿Cómo está la yegua? -se apresuró a preguntar Ce’Nedra.
-Muy débil, pero creo que se pondrá bien.
-¿Y qué pasó con el potrillo?
-Fue demasiado tarde. Lo intentamos todo, pero no pudimos hacer que respirara.
Ce’Nedra se quedó boquiabierta y su cara cobró una palidez cadavérica.
-No te rendirás, ¿verdad? -dijo con un tono casi acusatorio.
-No podemos hacer nada, cariño -le dijo tía Pol con un dejo de tristeza-. Nos demoramos demasiado, y ya no le quedaban fuerzas.
Ce’Nedra la miraba incrédula.
-¡Haz algo! -exigió-, eres una hechicera. ¡Haz algo!
-Lo siento Ce’Nedra, pero eso va más allá de nuestro poder. No podemos cruzar esa barrera.
Entonces la pequeña princesa lanzó un gemido y se puso a llorar con amargura. Tía Pol le pasó un brazo sobre los hombros y la sostuvo mientras sollozaba.
Pero Garion ya se movía. De repente veía con absoluta claridad lo que la cueva esperaba de él y respondió sin pensar. Sin darse prisa, avanzó hacia el fuego.
Hettar estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo, con la cabeza gacha por el dolor. Su coleta, que parecía una crin, caía encima de la cara taciturna del zanquilargo animal.
-Déjamelo a mí, Hettar -dijo Garion.
-¡No, Garion! -gritó a su espalda tía Pol, alarmada.
Hettar levantó la vista. Su cara de halcón reflejaba una profunda tristeza.
-Déjamelo a mí, Hettar -repitió Garion en voz baja. Sin decir palabra, Hettar levantó el pequeño cuerpo inerte, que aún se veía húmedo y brillante a la luz del fuego, y se lo entregó a Garion. Garion se arrodilló y apoyó al potrillo en el suelo delante del fuego centelleante. Posó sus manos sobre las pequeñas costillas del animal y apretó con suavidad-. Respira -dijo casi en un susurro.
-Ya probamos con eso -dijo Hettar con tristeza-. Lo intentamos todo.
Garion comenzó a concentrarse en su voluntad.
-No lo hagas, Garion -dijo tía Pol con firmeza-. Es imposible, y si lo intentas, te harás daño.
Pero Garion no la escuchaba. La cueva hablaba demasiado alto para que pudiera oír nada más. Concentró sus pensamientos en el cuerpo húmedo e inerte del potrillo, luego extendió su mano derecha y apoyó la palma en la inmaculada espaldilla caoba del animal muerto. Tenía la impresión de que un muro se levantaba ante él, negro, impenetrable y mudo, infranqueable para su entendimiento. Intentó empujarlo, pero no se movía, entonces respiró hondo y luchó con todas sus fuerzas.
-Vive -dijo.
-Para ya, Garion.
-Vive -repitió y redobló su esfuerzo por desterrar la oscuridad.
-Ya es demasiado tarde, Pol -escuchó que le decía el señor Lobo a tía Pol en alguna parte-. Ya se ha entregado.
-Vive -repitió Garion, y la agitación que crecía en su interior era tan grande que absorbía todas sus fuerzas. Las brillantes paredes se encendían y se apagaban y de repente comenzaron a resonar como si alguien hiciera sonar una campana en lo más profundo de la montaña. El sonido vibró y llenó el aire del interior de la cueva abovedada con un tembloroso tintineo. Las luces de los muros resplandecieron con un brillo enceguecedor y la estancia quedó tan iluminada como si estuvieran a plena luz del sol.
El pequeño cuerpo del potrillo tembló bajo la mano de Garion y el animalito hizo una profunda y estremecedora inspiración. Garion oyó las exclamaciones de asombro de los demás mientras las patas del potrillo, finas como palillos, comenzaban a moverse. El animal volvió a respirar y abrió los ojos.
-Un milagro -dijo Mandorallen con voz ahogada.
-Tal vez sea algo más que eso -respondió el señor Lobo, con la vista fija en el rostro de Garion.
El potrillo movía la cabeza débilmente sobre su cuello. Extendió las patas e intentó incorporarse. De forma instintiva, se volvió hacia su madre y se aproximó a ella para alimentarse. Su pelaje, que antes de que Garion lo tocara había sido de un profundo color marrón, ahora tenía una brillante mancha blanca en el lomo del mismo tamaño que la señal de la palma de Garion.
El joven se incorporó y se marchó de allí, sin detenerse junto a los demás. Caminó tambaleante hacia la fuente helada que burbujeaba en la abertura del muro y se mojó la cara y el cuello. Luego se arrodilló ante la fuente y se quedó allí un rato; temblaba y respiraba hondo. Entonces sintió que alguien le rozaba el hombro con cautela, casi con timidez. Agotado, levantó la cabeza y vio al potrillo de pie a su lado, ya más firme, mirándolo con una expresión de adoración en sus ojos vidriosos.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

Las cosas simples siempre son las más difíciles de explicar

-Quizá sea mejor que aprenda un poco más sobre este asunto -dijo Garion por fin.
-No es mala idea. ¿Qué es lo que quieres saber?
-Supongo que todo.
-Me temo que eso llevará mucho tiempo -rió el señor Lobo.
A Garion se le paralizó el corazón.
-¿Es tan complicado?
-No, en realidad es muy simple, pero las cosas simples siempre son las más difíciles de explicar.
-Eso no tiene sentido -protestó Garion, un tanto ofuscado.
-¿Ah no? -repuso Lobo, mirándolo con expresión divertida-. Entonces, permíteme que te haga una pregunta simple: ¿Cuánto es dos más dos?
-Cuatro -se apresuró a contestar Garion.
-¿Por qué?
Garion vaciló un momento.
-Simplemente es así -respondió sin convicción.
-Pero ¿por qué?
-No hay razón. Simplemente es así.
-Siempre hay una razón para todo, Garion.
-Muy bien, entonces, ¿por qué dos más dos son cuatro?
-No lo sé -admitió Lobo-. Pensé que tal vez tú lo sabrías.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

Tus caídas de ojos

-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó Ce’Nedra.
-Creo que tendrás que seguir con nosotros -respondió tía Pol.
-No hay ninguna razón para que viaje a Nyissa -replicó Ce’Nedra.
-Irás porque yo te lo ordeno -le dijo tía Pol-. Yo no soy tu padre, Ce’Nedra; tus pucheros no me rompen el corazón y tus caídas de ojos no me impresionan en lo más mínimo.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

22 junio, 2012

La fruta y el agua no son buenas para la salud

Filed under: Historias para no dormir — ummo @ 21:55
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-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó Ce’Nedra.
-Creo que tendrás que seguir con nosotros -respondió tía Pol.
-No hay ninguna razón para que viaje a Nyissa -replicó Ce’Nedra.
-Irás porque yo te lo ordeno -le dijo tía Pol-. Yo no soy tu padre, Ce’Nedra; tus pucheros no me rompen el corazón y tus caídas de ojos no me impresionan en lo más mínimo.

La luz del Orbe (Libro III de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

12 junio, 2012

Como todos los reyes


Seda -dijo Garion el segundo día, deslizándose hasta el banco donde el hombrecillo de rostro de hurón estaba adormilado.
-¿Sí, muchacho? -respondió el aludido, incorporándose.
-¿Qué clase de persona es el rey?
-¿Qué rey?
-El de Sendaria.
-Un hombre estúpido… como todos los reyes. –Seda se echó a reír-. Los reyes sendarios son tal vez un poco más estúpidos, pero es lógico que así sea.
 

La senda de la profecía (Libro I de Crónicas de Belgarath), de David Eddings

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