Perdonen que no me levante

26 octubre, 2012

La ciudad volvía a tener agua corriente

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 9:46
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“Enormes fotografías de Lenin y Stalin colgaban en Unter den Linden, el antiguo bulevar de la élite más moderna de Alemania. La mayoría de las calles de Berlín habían quedado arrasadas, y las ruinas de los edificios derruidos se apilaban cada pocos centenares de metros, tal vez para ser reutilizadas si algún día los alemanes eran capaces de reconstruir su país. Se habían destruido hectáreas de casas, en muchos casos manzanas enteras de la ciudad. Se tardaría años en retirar los escombros. Había miles de cadáveres pudriéndose entre ellos, y el repugnante olor dulzón de la carne humana en descomposición había flotado en el aire todo el verano. Ahora ya solo se percibía cuando llovía.
Mientras tanto, la ciudad había sido dividida en cuatro zonas: la rusa, la estadounidense, la británica y la francesa. Las tropas de ocupación habían requisado muchos de los edificios que seguían en pie. Los berlineses vivían donde podían; con frecuencia buscaban un precario refugio en las habitaciones de casas semidemolidas. La ciudad volvía a tener agua corriente y la electricidad iba y venía, pero resultaba muy difícil encontrar combustible para cocinar y combatir el frío. Aquella cómoda era igual de valiosa como mueble que como leña.”

El invierno del mundo, de Ken Follett
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Los berlineses la adoraban

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 9:38
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“Cubrió el resto del turno lo mejor que pudo. Luego se puso el impermeable, salió del hospital y se dirigió a la estación. Al pasar junto a un edificio bombardeado, vio una pintada en los restos de un muro. Un patriota desafiante había escrito: PUEDEN DESTRUIRNOS LAS CASAS, PERO NO NOS DESTRUIRÁN EL ALMA. Sin embargo, otra persona había citado irónicamente el eslogan utilizado por Hitler en las elecciones de 1933: «Dadme cuatro años y no reconoceréis Alemania».

Compró un billete para la estación de Zoologischer Garten.

En el tren se sentía una extraña. Todos los demás pasajeros eran fieles alemanes y ella llevaba en el bolso secretos para entregar su país a Moscú. No le gustaba esa sensación. Nadie posaba los ojos en ella, pero tenía la impresión de que lo hacían expresamente, para no cruzar las miradas. No veía el momento de entregar el sobre a Frieda.

La estación de Berlin Zoo estaba al otro lado del Tiergarten. Los árboles parecían enanos al lado de la colosal torre antiaérea, una de las tres construidas en la ciudad. El bloque cuadrado de hormigón medía más de treinta metros. En cada una de las cuatro esquinas del tejado había un cañón antiaéreo de 128 mm que pesaba 25 toneladas. La estructura de hormigón visto estaba pintada de verde en un vano intento optimista de evitar que la monstruosa construcción hiriera la sensibilidad de los visitantes del parque.

Sin embargo, a pesar de su fealdad, los berlineses la adoraban. Cuando caían las bombas sobre la ciudad, su atronadora respuesta garantizaba que alguien disparaba en su defensa.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

22 octubre, 2012

Por lo menos, no eres republicano

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 22:36
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“Woody siguió con la mirada a las dos chicas hasta que desaparecieron, luego la emprendió contra su hermano.
—¿Por qué no te has entretenido más besando a Diana? —preguntó de mal humor—. Parece muy agradable.
—No es mi tipo —respondió Chuck.
—¿En serio? —Woody estaba más perplejo que enfadado—. Tiene los pechos redonditos, la cara bonita… ¿Qué es lo que no te gusta? Yo la habría besado, si no hubiera estado con Joanne.
—Tenemos gustos diferentes.
Empezaron a caminar hacia casa de sus padres.
—Bueno, así, ¿cuál es tu tipo? —preguntó Woody a Chuck.
—Creo que hay una cosa que debería decirte antes de que sigas concertando más citas a dúo.
—Muy bien. ¿Qué es?
Chuck se detuvo, obligando a Woody a hacer lo propio.
—Tienes que prometerme que no se lo dirás nunca a papá ni a mamá.
—Te lo prometo. —Woody escrutó a su hermano bajo la luz amarillenta de las farolas—. ¿Cuál es ese gran secreto?
—No me gustan las chicas.
—Son un incordio, lo admito, pero qué se le va a hacer.
—Me refiero a que no me gusta abrazarlas ni besarlas.
—¿Qué dices? No seas estúpido.
—Todos somos diferentes, Woody.
—Sí, pero entonces tendrías que ser marica.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Que sí, que soy marica.
—Menudo bromista estás hecho.
—No es ninguna broma, Woody. Hablo muy en serio.
—¿Eres invertido?
—Exacto. No lo he elegido yo. Cuando de jovencitos empezamos a hacernos pajas, tú solías pensar en tetas gordas y en conejos peludos. Nunca te lo confesé, pero yo siempre pensaba en pollas grandes y tiesas.
—¡Chuck! ¡Eso es una asquerosidad!
—No, no es ninguna asquerosidad, algunos chicos somos así. Hay más de los que crees; sobre todo en la armada.
—¿En la armada hay maricas?
Chuck asintió con ímpetu.
—Muchos.
—Bueno… ¿cómo lo sabes?
—Solemos reconocernos, igual que los judíos siempre reconocen a los otros judíos. Por ejemplo, el camarero del restaurante chino.
—¿Él también lo es?
—¿No lo has oído decirme que le gustaba mi chaqueta?
—Sí, pero no se me había ocurrido pensar eso.
—Pues ahí lo tienes.
—¿Le has gustado?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Probablemente, por el mismo motivo que le gusto a Diana. Soy más guapo que tú, diantre.
—Se me hace muy raro.
—Venga, vamos a casa.
Prosiguieron su camino. Woody seguía dándole vueltas al tema.
—¿Quieres decir que hay chinos maricas?
Chuck se echó a reír.
—¡Pues claro!
—No sé, nunca se me había ocurrido pensar eso de un chino.
—Recuerda, ni una palabra a nadie, y menos a nuestros padres. A saber qué diría papá.
Al cabo de un rato, Woody rodeó a Chuck por los hombros.
—Bueno, pues a la porra —dijo—. Por lo menos, no eres republicano.

El invierno del mundo, de Ken Follett

6 octubre, 2012

Bienvenido al mundo real

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 7:49
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“Esa noche Woody permaneció largo rato en vela. Estaba impaciente por ver las fotos publicadas en el periódico. Se sentía como un niño en Nochebuena: el anhelo por que amaneciera lo mantenía insomne.
Pensaba en Joanne. Ella se equivocaba al creer que él era demasiado joven. Era el hombre perfecto para ella. A ella le gustaba: tenían muchas cosas en común y había disfrutado besándole. Woody seguía creyendo que podía ganarse su amor.
Al final se durmió y, al despertar, ya había amanecido. Se puso un batín sobre el pijama y bajó corriendo las escaleras. Joe, el mayordomo, siempre salía a primera hora para comprar los periódicos y los disponía en abanico sobre la mesa del desayuno. Los padres de Woody estaban ya allí: su padre comiendo huevos revueltos y su madre bebiendo café a sorbitos.
Woody tomó el Sentinel. Su obra estaba en primera plana.
Aunque no como él esperaba.
Habían usado solo una de sus fotos, la última. En ella se veía a un guardia de la fábrica tirado en el suelo recibiendo las patadas de dos trabajadores. El titular rezaba: ALTERCADO PROTAGONIZADO POR LOS HUELGUISTAS DEL METAL.
—¡Oh, no! —exclamó.
Leyó el artículo con incredulidad. Afirmaba que los manifestantes habían intentado entrar a la fuerza en la fábrica y que habían repelido con violencia a los guardias del recinto, varios de los cuales habían sufrido heridas leves. El comportamiento de los trabajadores había sido condenado por el alcalde, el jefe de policía y Lev Peshkov. Al pie del artículo, como declaración de última hora, citaban al portavoz sindicalista Brian Hall, quien negaba la veracidad de la historia y culpaba a los guardias de la violencia.
Woody puso el periódico delante de su madre.
—Le conté a Hoyle que los guardias habían provocado el follón y ¡le di las fotos para probarlo! —exclamó, furioso—. ¿Por qué ha publicado todo lo contrario a la verdad?
—Porque es conservador —respondió ella.
—¡Se supone que los periódicos deben contar la verdad! —exclamó Woody, alzando la voz por la indignación enfurecida—. ¡No pueden inventarse mentiras!
—Sí, sí que pueden —replicó ella.
—Pero ¡eso no es justo!
—Bienvenido al mundo real —concluyó su madre.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

30 septiembre, 2012

La raza no importa

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 9:05
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“Sin embargo, ahora era Erik quien tenía ganas de discutir.
—Los negros son una raza inferior —dijo en tono desafiante.
—Lo dudo —repuso Walter, sin perder la paciencia—. Si un niño negro fuera criado en una buena casa llena de libros y pinturas, y si lo enviaran a una escuela cara con buenos maestros, tal vez llegaría a ser más inteligente que tú.
—¡Eso es una estupidez! —protestó Erik.
—Serás engreído… Que no te oiga decir nunca más que tu padre dice estupideces —lo reprendió su madre, que había rebajado un poco el tono ya que había gastado toda su ira en Walter. Ahora solo parecía cansada y decepcionada—. No sabes de qué hablas, y Hermann Braun tampoco.
—¡Pero la raza aria tiene que ser superior, somos los que gobernamos el mundo! —exclamó el muchacho.
—Tus amigos nazis no saben nada de historia —dijo Walter—. Los antiguos egipcios construyeron las pirámides cuando los alemanes aún vivían en cuevas. Los árabes dominaban el mundo en la Edad Media y los musulmanes eran grandes expertos en álgebra cuando los príncipes alemanes no sabían ni escribir su nombre. Como ves, la raza no importa.
—Entonces, ¿qué es lo que importa? —preguntó Carla, con la frente arrugada.
Su padre la miró con ternura.
—Es una buena pregunta y demuestras una gran inteligencia al plantearla. —Carla estaba radiante de felicidad por el elogio de su padre—. Las civilizaciones, los chinos, los aztecas, los romanos, nacen y caen pero nadie sabe por qué.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

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