Perdonen que no me levante

10 enero, 2013

El nombre del viento

“No me cansaba de mirar a Denna. Estaba sentada a mi lado, abrazándose las rodillas. Su piel era más luminosa que la luna, y sus ojos, más enormes que el cielo, más profundos que el agua, más oscuros que la noche.


“Sobre él verteré el hambre y el fuego
hasta que la desolación lo aturda
y todos los demonios de la oscuridad exterior
miren asombrados y reconozcan
que la especialidad del hombre es la venganza.”


Para aproximarse a una criatura salvaje es necesario tener cuidado. El sigilo no sirve de nada. Las criaturas salvajes reconocen el sigilo y saben que es una mentira y una trampa. Si bien a veces las criaturas salvajes juegan a juegos de sigilo y, al hacerlo, en ocasiones son presa del sigilo, en realidad el sigilo nunca las atrapa.
Pues bien. Con lento cuidado, más que con sigilo, es como debemos aproximarnos a determinada mujer. Una mujer salvaje hasta tal punto que temo abordarla demasiado deprisa incluso en una historia. Si me moviera de modo imprudente, podría asustar a la idea de esa mujer y hacerla salir volando precipitadamente.


—Ten una esposa y serás feliz; ten dos y estarás agotado…
—… ten tres y se odiarán entre sí…
—… ten cuatro y te odiarán a ti.


—Una tarde, cuando era niño, me pasé una hora persiguiendo el arco iris. Me perdí en el bosque. Mis padres estaban desesperados. Yo estaba convencido de que podría atraparlo. Creía ver el sitio donde tocaba el suelo. Contigo me pasa lo mismo…


—Lo que no entiendes —le expliqué a Simmon una tarde que estábamos sentados bajo el poste del banderín— es que los hombres se enamoran continuamente de Denna. ¿Te imaginas lo que eso supone para ella? ¿Lo tedioso que resulta? Yo soy uno de los pocos amigos que tiene. No quiero arriesgarme a perder eso. No pienso abalanzarme sobre ella. Ella no quiere que lo haga. No voy a convertirme en uno más del centenar de pretendientes de mirada lánguida que se pasan el día persiguiéndola como un borrego enamorado.
—Mira, no entiendo qué ves en ella —dijo Sim escogiendo sus palabras con cuidado—. Ya sé que es encantadora, fascinante y demás. Pero parece… —vaciló un momento— cruel.
Asentí.
—Es que lo es.
Simmon me miró, expectante, y al final dijo:
—Pero ¿cómo? ¿No vas a defenderla?
—No. «Cruel» es un buen calificativo para Denna. Pero creo que cuando dices «cruel», tú quieres decir otra cosa. Denna no es mala, ni retorcida, ni rencorosa. Es cruel.
Sim se quedó largo rato callado. Luego replicó:
—Creo que es algunas de esas cosas, y también cruel.
El bueno de Sim, tan sincero y diplomático. Le costaba mucho hablar mal de los demás; solo hacía insinuaciones. Y hasta eso le costaba.
Levantó la cabeza y me miró.
—He hablado con Sovoy. Todavía no se la ha quitado de la cabeza. La amaba de verdad. La trataba como a una princesa. Habría hecho cualquier cosa por ella. Y aun así, ella lo dejó sin darle ninguna explicación.
—Denna es una criatura salvaje —expliqué—. Como una cierva o una tormenta de verano. Si una tormenta derribara tu casa, o derribara un árbol, no dirías que la tormenta era mala. Era cruel. Actuó conforme a su naturaleza y, desgraciadamente, produjo daños. Con Denna pasa lo mismo.
»¿Sabes de qué sirve perseguir a una criatura salvaje? De nada. Si persigues a una cierva, solo consigues asustarla. Lo único que puedes hacer es quedarte quieto donde estás, y confiar en que, con el tiempo, la cierva vaya hacia ti.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss
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31 diciembre, 2012

Las cuatro puertas de la mente

“Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

20 diciembre, 2012

La adivinanza de lady Lackless

“Siete cosas guarda lady Lackless
bajo su negro vestido:
un anillo que no es para ponerse,
una palabra que es casi un gemido.
Junto al cirio de su esposo
hay una puerta sin pomo;
en una caja sin tapa ni candado
encierra Lackless las piedras de su amado.
Ella tiene un secreto guardado,
que sueña en vez de dormir sin tardanza;
por un camino que no es el trillado
lady Lackless lía su adivinanza.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

19 diciembre, 2012

Las muchachas adorables suelen estar al aire libre

“—A ver, Bast, ¿qué has aprendido hoy?
—Hoy, maestro, he aprendido por qué los grandes amantes tienen mejor vista que los grandes eruditos.
—Ah, ¿sí? Y ¿por qué es, Bast? —preguntó Kote con un deje jocoso en la voz.
Bast cerró la puerta y se sentó en la otra butaca, girándola para colocarse enfrente de su maestro y del fuego. Se movía con una elegancia y una delicadeza extrañas, casi como si danzara.
—Verás, Reshi, todos los libros interesantes se encuentran en lugares interiores y mal iluminados. En cambio, las muchachas adorables suelen estar al aire libre, y por lo tanto es mucho más fácil estudiarlas sin riesgo de estropearse la vista.
Kote asintió.
—Pero un alumno excepcionalmente listo podría llevarse un libro afuera, y así podría mejorar sin temor a perjudicar su valiosa facultad de la vista.
—Lo mismo pensé yo, Reshi. Que soy, por supuesto, un alumno excepcionalmente listo.
—Por supuesto.
—Pero cuando encontré un sitio al sol donde podía leer, una muchacha hermosa se me acercó y me impidió dedicarme a la lectura —terminó Bast con un floreo.
Kote dio un suspiro.
—¿Me equivoco si deduzco que hoy no has podido leer ni una página de Celum Tinture?
Bast compuso un gesto de falso arrepentimiento.
Kote miró el fuego y trató de adoptar una expresión severa, pero no lo consiguió.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

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