Perdonen que no me levante

17 noviembre, 2012

Oportunidades de robar

“—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le preguntó Seda a su socio. Yarblek asintió con un gesto—. Bien, entonces haz todo lo posible para mantenerme fuera de ese asunto.
—¿Por qué insistes en meterte en política, Seda?
—Porque de ese modo tengo más oportunidades de robar.
—¡Oh! —exclamó Yarblek—. Está bien. —Extendió la mano y añadió—: Cuídate, Seda.
—Tú también, Yarblek. Intenta ganar mucho dinero. Nos veremos dentro de un año.
—Si sobrevives.
—Por supuesto.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings
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16 noviembre, 2012

Diez años sin bañarme

“Los ojos de Polgara se iluminaron cuando Brador abrió la puerta de la habitación que compartiría con Durnik. Detrás de la arcada de la salita principal había una gran bañera empotrada en el suelo, desde donde se elevaban nubecillas de vapor.
—¡Cielos! —exclamó ella—. Por fin llegamos a la civilización.
—Intenta no pasarte el día en el agua, Polgara.
—De acuerdo, padre —respondió ella con aire ausente sin dejar de mirar, arrobada, la bañera de cálidos vapores.
—¿Tan importante es? —preguntó él.
—Sí, padre —respondió ella.
—Tiene un prejuicio irracional contra la suciedad —dijo sonriendo a los demás—. Yo, por el contrario, siempre le he tenido apego.
—Eso resulta obvio —dijo ella. Luego se detuvo—. A propósito, Viejo Lobo —dijo con tono crítico mientras los demás comenzaban a salir—, si tu habitación goza de las mismas comodidades que ésta, creo que tú también deberías hacer uso de ellas.
—¿Yo?
—Hueles mal, padre.
—No, Pol —le corrigió él—. Tú hueles mal, yo apesto.
—Con más razón. Lávate, padre —insistió ella mientras comenzaba a quitarse los zapatos.
—He llegado a pasar diez años sin bañarme —declaró él.
—Sí, padre —dijo ella—, lo sé. Los dioses son testigos de que lo sé. Ahora —dijo en tono resuelto—, si me disculpáis… —añadió mientras comenzaba a desabotonarse el vestido.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

9 noviembre, 2012

La lealtad de las clases inferiores

“Cerca de allí, en una calle lateral, una mujer rubicunda reñía a voz en grito a un hombre flacucho y con expresión estúpida mientras un grupo de soldados sacaban muebles de una casa y los cargaban en un carro desvencijado.
—¿Por qué tuviste que hacerlo, Actas? —gritaba furiosa la mujer—. ¿Por qué tuviste que emborracharte e insultar a tu capitán? ¿Qué será de nosotros ahora? Me he pasado todos estos años viviendo en una inmunda casucha esperando que te ascendieran, y cuando pensaba que las cosas iban a mejorar, tuviste que emborracharte para que volvieran a convertirte en un civil. —El hombre balbució algo—. ¿Qué has dicho? —preguntó ella.
—Nada, cariño.
—No pienso perdonarte, Actas, te lo aseguro.
—La vida tiene estos pequeños altibajos, ¿verdad? —murmuró Sadi cuando se hubieron alejado lo suficiente para que no pudieran oírlo.
—Yo no le encuentro ninguna gracia —dijo Ce’Nedra con sorprendente vehemencia—. Los están echando de su casa por un simple momento de estupidez. ¿Nadie puede hacer nada?
Zakath la miró con expresión crítica y luego hizo una señal a uno de los oficiales que cabalgaba respetuosamente detrás de ellos.
—Averigua en qué unidad estaba ese hombre —le ordenó—. Luego ve a ver a su capitán y dile que consideraría un favor personal que readmitiera a Actas en su puesto siempre que él prometa mantenerse sobrio.
—Enseguida, Majestad —dijo el oficial, luego saludó y se alejó de allí.
—Gracias, Majestad —dijo Ce’Nedra, que parecía un poco sorprendida.
—Es un placer, Ce’Nedra —respondió Zakath haciendo una reverencia. Luego dejó escapar una risita—. De todos modos, no me cabe la menor duda de que la esposa de Actas se ocupará de hacerle pagar su error.
—¿No temes que estos hechos compasivos arruinen tu reputación, Majestad? —preguntó Sadi.
—No —respondió Zakath—. Un gobernante debe ser siempre un hombre impredecible, Sadi. Es una buena forma de desconcertar a los subalternos. Además, un acto ocasional de caridad hacia las clases inferiores ayuda a consolidar su lealtad.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

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