Perdonen que no me levante

10 enero, 2013

El nombre del viento

“No me cansaba de mirar a Denna. Estaba sentada a mi lado, abrazándose las rodillas. Su piel era más luminosa que la luna, y sus ojos, más enormes que el cielo, más profundos que el agua, más oscuros que la noche.


“Sobre él verteré el hambre y el fuego
hasta que la desolación lo aturda
y todos los demonios de la oscuridad exterior
miren asombrados y reconozcan
que la especialidad del hombre es la venganza.”


Para aproximarse a una criatura salvaje es necesario tener cuidado. El sigilo no sirve de nada. Las criaturas salvajes reconocen el sigilo y saben que es una mentira y una trampa. Si bien a veces las criaturas salvajes juegan a juegos de sigilo y, al hacerlo, en ocasiones son presa del sigilo, en realidad el sigilo nunca las atrapa.
Pues bien. Con lento cuidado, más que con sigilo, es como debemos aproximarnos a determinada mujer. Una mujer salvaje hasta tal punto que temo abordarla demasiado deprisa incluso en una historia. Si me moviera de modo imprudente, podría asustar a la idea de esa mujer y hacerla salir volando precipitadamente.


—Ten una esposa y serás feliz; ten dos y estarás agotado…
—… ten tres y se odiarán entre sí…
—… ten cuatro y te odiarán a ti.


—Una tarde, cuando era niño, me pasé una hora persiguiendo el arco iris. Me perdí en el bosque. Mis padres estaban desesperados. Yo estaba convencido de que podría atraparlo. Creía ver el sitio donde tocaba el suelo. Contigo me pasa lo mismo…


—Lo que no entiendes —le expliqué a Simmon una tarde que estábamos sentados bajo el poste del banderín— es que los hombres se enamoran continuamente de Denna. ¿Te imaginas lo que eso supone para ella? ¿Lo tedioso que resulta? Yo soy uno de los pocos amigos que tiene. No quiero arriesgarme a perder eso. No pienso abalanzarme sobre ella. Ella no quiere que lo haga. No voy a convertirme en uno más del centenar de pretendientes de mirada lánguida que se pasan el día persiguiéndola como un borrego enamorado.
—Mira, no entiendo qué ves en ella —dijo Sim escogiendo sus palabras con cuidado—. Ya sé que es encantadora, fascinante y demás. Pero parece… —vaciló un momento— cruel.
Asentí.
—Es que lo es.
Simmon me miró, expectante, y al final dijo:
—Pero ¿cómo? ¿No vas a defenderla?
—No. «Cruel» es un buen calificativo para Denna. Pero creo que cuando dices «cruel», tú quieres decir otra cosa. Denna no es mala, ni retorcida, ni rencorosa. Es cruel.
Sim se quedó largo rato callado. Luego replicó:
—Creo que es algunas de esas cosas, y también cruel.
El bueno de Sim, tan sincero y diplomático. Le costaba mucho hablar mal de los demás; solo hacía insinuaciones. Y hasta eso le costaba.
Levantó la cabeza y me miró.
—He hablado con Sovoy. Todavía no se la ha quitado de la cabeza. La amaba de verdad. La trataba como a una princesa. Habría hecho cualquier cosa por ella. Y aun así, ella lo dejó sin darle ninguna explicación.
—Denna es una criatura salvaje —expliqué—. Como una cierva o una tormenta de verano. Si una tormenta derribara tu casa, o derribara un árbol, no dirías que la tormenta era mala. Era cruel. Actuó conforme a su naturaleza y, desgraciadamente, produjo daños. Con Denna pasa lo mismo.
»¿Sabes de qué sirve perseguir a una criatura salvaje? De nada. Si persigues a una cierva, solo consigues asustarla. Lo único que puedes hacer es quedarte quieto donde estás, y confiar en que, con el tiempo, la cierva vaya hacia ti.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss
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31 diciembre, 2012

Las cuatro puertas de la mente

“Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

20 diciembre, 2012

La adivinanza de lady Lackless

“Siete cosas guarda lady Lackless
bajo su negro vestido:
un anillo que no es para ponerse,
una palabra que es casi un gemido.
Junto al cirio de su esposo
hay una puerta sin pomo;
en una caja sin tapa ni candado
encierra Lackless las piedras de su amado.
Ella tiene un secreto guardado,
que sueña en vez de dormir sin tardanza;
por un camino que no es el trillado
lady Lackless lía su adivinanza.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

19 diciembre, 2012

Las muchachas adorables suelen estar al aire libre

“—A ver, Bast, ¿qué has aprendido hoy?
—Hoy, maestro, he aprendido por qué los grandes amantes tienen mejor vista que los grandes eruditos.
—Ah, ¿sí? Y ¿por qué es, Bast? —preguntó Kote con un deje jocoso en la voz.
Bast cerró la puerta y se sentó en la otra butaca, girándola para colocarse enfrente de su maestro y del fuego. Se movía con una elegancia y una delicadeza extrañas, casi como si danzara.
—Verás, Reshi, todos los libros interesantes se encuentran en lugares interiores y mal iluminados. En cambio, las muchachas adorables suelen estar al aire libre, y por lo tanto es mucho más fácil estudiarlas sin riesgo de estropearse la vista.
Kote asintió.
—Pero un alumno excepcionalmente listo podría llevarse un libro afuera, y así podría mejorar sin temor a perjudicar su valiosa facultad de la vista.
—Lo mismo pensé yo, Reshi. Que soy, por supuesto, un alumno excepcionalmente listo.
—Por supuesto.
—Pero cuando encontré un sitio al sol donde podía leer, una muchacha hermosa se me acercó y me impidió dedicarme a la lectura —terminó Bast con un floreo.
Kote dio un suspiro.
—¿Me equivoco si deduzco que hoy no has podido leer ni una página de Celum Tinture?
Bast compuso un gesto de falso arrepentimiento.
Kote miró el fuego y trató de adoptar una expresión severa, pero no lo consiguió.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

30 noviembre, 2012

Las mujeres honran la tradición

“—¿Cómo te encuentras, Polgara? —preguntó Poledra mientras se quitaba la capa.
—Supongo que bien —sonrió tía Pol—. Aunque, como es natural, conozco todo el proceso del embarazo, ésta no deja de ser mi primera experiencia personal. Los bebés dan muchas patadas en esta etapa, ¿verdad? Hace unos minutos, me pateó en tres sitios diferentes al mismo tiempo.
—Es probable que el pequeño también esté dando puñetazos.
—¿El pequeño? —sonrió ella.
—Bueno, es sólo una forma de hablar, Pol.
—Si queréis, puedo echar un vistazo y deciros si será niña o niño —ofreció Belgarath.
—¡Ni se te ocurra! —respondió Polgara—. Quiero descubrirlo por mí misma.
La nevada amainó poco antes del amanecer y las nubes se disiparon a media mañana. Luego salió el sol y brilló con un resplandor deslumbrante sobre el flamante manto blanco que rodeaba la cabaña. El cielo tenía un intenso color azul, y aunque hacía bastante frío, las temperaturas no eran tan severas como correspondía a aquella época del año.
Garion, Durnik y Belgarath se marcharon de la casa al amanecer y pasearon por los alrededores, con la típica sensación de incompetencia que experimentan los hombres en aquellas circunstancias. Por fin se detuvieron a la orilla del arroyuelo que atravesaba el campo de la granja. Belgarath contempló el agua transparente y reparó en varias figuras oscuras bajo la superficie.
—¿Has tenido tiempo para ir a pescar? —le preguntó a Durnik.
—No —respondió Durnik con tristeza—, aunque tampoco me entusiasma tanto como antes.
Todos conocían la razón, pero nadie la mencionó.
Poledra les trajo la comida, pero insistió en que permanecieran fuera. A última hora de la tarde, les ordenó hervir agua en la fragua de Durnik, que estaba en el cobertizo.
—Nunca he entendido esto —dijo Durnik mientras levantaba un perol lleno de agua hirviendo—. ¿Para qué necesitan tanta agua caliente?
—No la necesitan —respondió Belgarath que examinaba la ornamentada cuna que había tallado Durnik, repantigado cómodamente sobre una pila de leña—. Sólo es una excusa para sacar a los hombres del medio. A algún genio del sexo femenino se le ocurrió la idea hace miles de años, y desde entonces las mujeres honran la tradición. Tú limítate a hervir agua, Durnik. No es una tarea tan complicada y contribuye a hacer felices a las mujeres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

29 noviembre, 2012

La rapidez resultó asombrosa

“La burocracia estuvo a punto de sufrir un ataque colectivo de apoplejía cuando anuncié la autonomía de los Protectorados Dalasianos. Creo que los dalasianos deben tener la oportunidad de seguir su propio camino, pero muchos miembros de la burocracia tenían intereses establecidos allí y gimotearon, protestaron e hicieron pucheros igual que los generales. Sin embargo, todo eso llegó a un súbito fin cuando anuncié que Brador realizaría una investigación financiera de cada uno de los responsables de departamentos gubernamentales. La rapidez con que los burócratas se deshicieron de sus propiedades en los protectorados resultó asombrosa.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

28 noviembre, 2012

Tiene sus inconvenientes

“—Eres capaz de hacer cualquier cosa, ¿verdad? —preguntó Zakath mientras continuaban caminando por el pasillo.
—¿Para concluir nuestro trabajo? Por supuesto.
—Y cuando yo interferí contigo en Rak Hagga, podrías haberte deshecho de mí, ¿no es cierto?
—Es probable.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que podría necesitarte más adelante y noté que eras más importante de lo que creían los demás.
—¿Hay algo más importante que ser emperador de la mitad del mundo?
—Eso es una tontería, Zakath —dijo Belgarath con desprecio—. Tu amigo es el Señor Supremo del Oeste y aún tiene dificultades para ponerse cada bota en el pie indicado.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Garion con vehemencia.
—Será porque ahora cuentas con la ayuda de Ce’Nedra. Eso es lo que tú necesitas, Zakath, una esposa, alguien que te dé una apariencia presentable.
—Me temo que eso es imposible, Belgarath —suspiró Zakath.
—Ya lo veremos —dijo el hombre eterno.
En sus aposentos del palacio de Dal Perivor no los recibieron con la misma cordialidad que en la sala del trono.
—¡Viejo estúpido! —le gritó Polgara a Belgarath.
A partir de ese momento, la situación se deterioró con suma rapidez.
—¡Tú, idiota! —le gritó Ce’Nedra a Garion.
—Por favor, Ce’Nedra —dijo Polgara con suavidad—, primero déjame acabar a mí.
—Oh, por supuesto Polgara —asintió la reina de Riva con cortesía—. Lo siento. Tú has soportado muchos más años de afrentas que yo. Además, yo puedo pillar a éste a solas en la cama y decirle unas cuantas cosas.
—¿Y tú querías que me casara? —le preguntó Zakath a Belgarath.
—Tiene sus inconvenientes —respondió Belgarath con calma”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

27 noviembre, 2012

La coherencia es la defensa de las mentes mediocres

“Beldin atravesó planeando el bosque moteado por el sol, evitando los árboles con diestros movimientos de las alas. Por fin se posó en el suelo y recuperó su forma natural.
—¿Problemas? —le preguntó Belgarath.
—No tantos como esperaba —respondió el enano encogiéndose de hombros—. Y eso me preocupa un poco.
—¿No es una incoherencia?
La coherencia es la defensa de las mentes mediocres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

22 noviembre, 2012

Hasta que aprendamos a perdonar

“—Sin embargo te cae bien, ¿verdad?
—Sí, me cae bien. Ojalá lo hubiera conocido antes de que Taur Urgas le arruinara la vida.,—Hizo una pausa y su rostro cobró una expresión grave—. Ése sí que era un hombre con el cual me habría gustado pelear. Contaminó el mundo entero con su mera presencia en él.
—Pero no fue culpa suya. Estaba loco y eso lo justifica.
—Eres un joven muy indulgente, Eriond.
—¿No es más fácil perdonar que odiar? Este tipo de cosas seguirá sucediendo hasta que aprendamos a perdonar —añadió mientras señalaba las columnas de humo que se elevaban al norte—. El odio es un sentimiento estéril, Belgarion.
—Lo sé —suspiró Garion—. Yo odiaba a Torak, pero creo que al final lo perdoné… aunque sólo fuera por compasión. Sin embargo, tuve que matarlo a pesar de todo.
—¿Cómo crees que sería el mundo si los hombres dejaran de matarse unos a otros?
—Quizá sería un sitio mejor.
—¿Entonces por qué no intentamos que sea así?
—¿Tú y yo? —rió Garion—. ¿Los dos solos?
—¿Por qué no?
—Porque es imposible, Eriond.
—Pensé que hacía mucho tiempo que tú y Belgarath habían dejado claro que nada es imposible.
—Sí, supongo que sí —volvió a reír Garion—. Olvidemos la expresión «imposible». ¿Te gusta más «extremadamente difícil»?
—Nada que valga la pena puede ser fácil, Belgarion. Si lo fuera, no lo valoraríamos. Sin embargo, estoy seguro de que podremos encontrar una solución al problema.
Lo dijo con tal convicción que por un instante Garion casi creyó en la viabilidad de aquella disparatada idea, pero luego volvió a mirar hacia las columnas de humo y su esperanza se desvaneció.
—Supongo que deberíamos volver a informar a los demás de lo que sucede allí —dijo.”

Crónicas de Mallorea IV: La hechicera de Darshiva, de David Eddings

17 noviembre, 2012

Oportunidades de robar

“—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le preguntó Seda a su socio. Yarblek asintió con un gesto—. Bien, entonces haz todo lo posible para mantenerme fuera de ese asunto.
—¿Por qué insistes en meterte en política, Seda?
—Porque de ese modo tengo más oportunidades de robar.
—¡Oh! —exclamó Yarblek—. Está bien. —Extendió la mano y añadió—: Cuídate, Seda.
—Tú también, Yarblek. Intenta ganar mucho dinero. Nos veremos dentro de un año.
—Si sobrevives.
—Por supuesto.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

16 noviembre, 2012

Diez años sin bañarme

“Los ojos de Polgara se iluminaron cuando Brador abrió la puerta de la habitación que compartiría con Durnik. Detrás de la arcada de la salita principal había una gran bañera empotrada en el suelo, desde donde se elevaban nubecillas de vapor.
—¡Cielos! —exclamó ella—. Por fin llegamos a la civilización.
—Intenta no pasarte el día en el agua, Polgara.
—De acuerdo, padre —respondió ella con aire ausente sin dejar de mirar, arrobada, la bañera de cálidos vapores.
—¿Tan importante es? —preguntó él.
—Sí, padre —respondió ella.
—Tiene un prejuicio irracional contra la suciedad —dijo sonriendo a los demás—. Yo, por el contrario, siempre le he tenido apego.
—Eso resulta obvio —dijo ella. Luego se detuvo—. A propósito, Viejo Lobo —dijo con tono crítico mientras los demás comenzaban a salir—, si tu habitación goza de las mismas comodidades que ésta, creo que tú también deberías hacer uso de ellas.
—¿Yo?
—Hueles mal, padre.
—No, Pol —le corrigió él—. Tú hueles mal, yo apesto.
—Con más razón. Lávate, padre —insistió ella mientras comenzaba a quitarse los zapatos.
—He llegado a pasar diez años sin bañarme —declaró él.
—Sí, padre —dijo ella—, lo sé. Los dioses son testigos de que lo sé. Ahora —dijo en tono resuelto—, si me disculpáis… —añadió mientras comenzaba a desabotonarse el vestido.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

9 noviembre, 2012

La lealtad de las clases inferiores

“Cerca de allí, en una calle lateral, una mujer rubicunda reñía a voz en grito a un hombre flacucho y con expresión estúpida mientras un grupo de soldados sacaban muebles de una casa y los cargaban en un carro desvencijado.
—¿Por qué tuviste que hacerlo, Actas? —gritaba furiosa la mujer—. ¿Por qué tuviste que emborracharte e insultar a tu capitán? ¿Qué será de nosotros ahora? Me he pasado todos estos años viviendo en una inmunda casucha esperando que te ascendieran, y cuando pensaba que las cosas iban a mejorar, tuviste que emborracharte para que volvieran a convertirte en un civil. —El hombre balbució algo—. ¿Qué has dicho? —preguntó ella.
—Nada, cariño.
—No pienso perdonarte, Actas, te lo aseguro.
—La vida tiene estos pequeños altibajos, ¿verdad? —murmuró Sadi cuando se hubieron alejado lo suficiente para que no pudieran oírlo.
—Yo no le encuentro ninguna gracia —dijo Ce’Nedra con sorprendente vehemencia—. Los están echando de su casa por un simple momento de estupidez. ¿Nadie puede hacer nada?
Zakath la miró con expresión crítica y luego hizo una señal a uno de los oficiales que cabalgaba respetuosamente detrás de ellos.
—Averigua en qué unidad estaba ese hombre —le ordenó—. Luego ve a ver a su capitán y dile que consideraría un favor personal que readmitiera a Actas en su puesto siempre que él prometa mantenerse sobrio.
—Enseguida, Majestad —dijo el oficial, luego saludó y se alejó de allí.
—Gracias, Majestad —dijo Ce’Nedra, que parecía un poco sorprendida.
—Es un placer, Ce’Nedra —respondió Zakath haciendo una reverencia. Luego dejó escapar una risita—. De todos modos, no me cabe la menor duda de que la esposa de Actas se ocupará de hacerle pagar su error.
—¿No temes que estos hechos compasivos arruinen tu reputación, Majestad? —preguntó Sadi.
—No —respondió Zakath—. Un gobernante debe ser siempre un hombre impredecible, Sadi. Es una buena forma de desconcertar a los subalternos. Además, un acto ocasional de caridad hacia las clases inferiores ayuda a consolidar su lealtad.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

Forma parte de su naturaleza

“—¿Cómo te encuentras esta mañana, Majestad? —le preguntó Prala al apesadumbrado Urgit con una falsa expresión de compasión en la cara.
—Enfermo.
—La culpa es tuya, ¿sabes?
—Por favor, no me lo recuerdes. —Ella sonrió con dulzura—. Te estás divirtiendo, ¿verdad? —la acusó él.
—Pues sí, Majestad —admitió ella con una pequeña inclinación de cabeza—, la verdad es que sí.
Luego cogió las dos jarras y se las llevó consigo hacia la popa.
—¿Todas son iguales? —preguntó Urgit—. ¿Tan crueles?
—¿Las mujeres? —dijo Belgarath encogiéndose de hombros—. Por supuesto. Forma parte de su naturaleza.”

Crónicas de Mallorea II: El rey de los Murgos, de David Eddings

1 noviembre, 2012

El derecho a la autodeterminación

“Escarmentados por el fracaso del intento de asesinato de los Honeth, los Vordue decidieron provocar una guerra de secesión. Poco después de la coronación de Varana como Ran Borune XXIV, la familia Vordue declaró que su gran ducado no pertenecía a Tolnedra, sino que era un reino independiente…, aunque aún no habían decidido cuál de sus miembros ascendería al trono.
—Varana tendrá que enviar a las legiones para detenerlos —declaró Anheg mientras se limpiaba con la manga la aureola de espuma que la cerveza le había dejado en la boca—. De lo contrario, las demás familias también se separarán y Tolnedra saltará en pedazos como un muelle roto.
—No es tan simple, Anheg —explicó Porenn con suavidad y apartó la vista de la ventana por donde había estado contemplando la actividad del puerto situado abajo. La reina de Drasnia vestía de riguroso luto y el negro parecía realzar su belleza y su cabello rubio—. Las legiones se enfrentarían sin reparos a un ejército extranjero, pero Varana no puede pedirles que luchen contra su propio pueblo.
—Podría traer las legiones del sur —dijo Anheg encogiéndose de hombros—. Son todos Borune, Anadile o Ranite y no les importaría combatir contra los Vordue.
—Pero entonces las legiones del norte intervendrían para detenerlos, y en cuanto comenzaran a enfrentarse entre sí el imperio se desintegraría.
—La verdad es que no lo había considerado de ese modo —admitió Anheg—. ¿Sabes, Porenn? Eres extremadamente inteligente… para ser mujer.
—Y tú eres extremadamente perspicaz… para ser hombre —respondió la reina con una dulce sonrisa.
—Un tanto para ella —dijo Cho-Hag en voz baja.
—¿Estáis apuntando los tantos? —preguntó Garion con suavidad.
—Ayuda a llevar una especie de registro de todo lo que se dice —explicó el jefe supremo de los clanes de Algaria con expresión grave.
Unos días más tarde, llegó la noticia del novedoso método de Varana para resolver el conflicto con los Vordue. Una mañana, un barco drasniano entró en el puerto de Riva y un agente del servicio de inteligencia entregó una serie de informes a la reina Porenn. Después de leerlos, la reina entró en la sala del consejo con una sonrisa pícara.
—Creo que debemos dejar a un lado nuestras reservas sobre el talento de Varana como gobernante, caballeros —les dijo a los reyes alorns—. Parece que ha encontrado una solución al problema de los Vordue.
—¿Ah sí? —preguntó Brand con su portentosa voz—. ¿Cuál?
—Mis agentes me han informado de que ha hecho un pacto secreto con Korodullin de Arendia. El llamado «Reino de Vordue», de repente, se ha llenado de bandidos arendianos…, casi todos vestidos con armaduras, por extraño que parezca.
—Espera un momento, Porenn —interrumpió Anheg—. Si se trata de un pacto secreto, ¿cómo es que tú lo conoces?
—Oh, Anheg —dijo la menuda reina de Drasnia entornando los párpados en un gesto de falsa modestia—, ¿todavía no te has enterado de que yo lo sé todo?
—Otro tanto para ella —le indicó Cho-Hag a Garion.
—Yo diría que sí —asintió Garion.
—Sea como fuere —continuó Porenn—, la cuestión es que ahora hay batallones enteros de imprudentes caballeros mimbranos en Vordue, todos actuando como bandidos, saqueando y robando a voluntad. Los Vordue no tienen un ejército propiamente dicho, de modo que han pedido ayuda a las legiones. Mis agentes han conseguido una copia de la respuesta de Varana. —Desplegó un documento y comenzó a leer—. «Saludos al gobierno del Reino de Vordue. Vuestra reciente solicitud de ayuda me ha sorprendido mucho, pues suponía que los estimados caballeros de Tol Vordue no desearían verme romper la soberanía del recién establecido reino enviando a las legiones al otro lado de la frontera, para echar a unos cuantos bandidos arendianos. El mantenimiento del orden público es una responsabilidad fundamental de cualquier gobierno y yo nunca osaría entrometerme en un asunto tan importante. Hacerlo significaría despertar graves dudas en las mentes de los hombres razonables sobre la viabilidad de vuestro nuevo Estado. Sin embargo, os envío mis mejores deseos de éxito en esta cuestión que, después de todo, es estrictamente de competencia interna.»
Anheg comenzó a reír a carcajadas mientras golpeaba la mesa con su enorme puño.
—Creo que esto merece un trago —rió.
—Más bien varios —asintió Garion—. Podemos brindar por los esfuerzos de los Vordue por mantener el orden.
—Confío en que sabréis disculparme, caballeros —dijo la reina—, pero ninguna mujer podría competir con los reyes de Aloria en lo referente a la bebida.
—Por supuesto, Porenn —asintió Anheg, magnánimo—, nosotros nos beberemos tu parte.
—Es muy amable de tu parte —murmuró ella, y se retiró.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

31 octubre, 2012

Eso no parece justo

“La misión que tenía en la ciudad aquella mañana lo llevó a la tienda de un joven soplador de vidrio, un habilidoso artesano llamado Joran. En apariencia, la visita tenía por objeto examinar un juego de copas de cristal que había encargado para regalarle a Ce’Nedra, pero el verdadero propósito era mucho más serio. Garion había sido criado en un ambiente humilde y sabía que los problemas de la gente común rara vez llegan al trono, por lo tanto estaba convencido de que necesitaba un par de oídos en la ciudad, no para espiar a los que se oponían a él, sino para tener una idea clara e imparcial de los problemas de su pueblo. Había elegido a Joran para aquella tarea.
Después de echar un vistazo a las copas, los dos entraron en una pequeña habitación privada, al fondo de la tienda.
—Recibí tu nota en cuanto llegué de Arendia —dijo Garion—. ¿Crees que es un asunto serio?
—Sí, Majestad —respondió Joran—. Creo que los impuestos han sido mal calculados y están provocando muchos comentarios desfavorables.
—Todos dirigidos contra mí, supongo.
—Después de todo, tú eres el rey.
—Gracias —repuso Garion con frialdad—. ¿Cuál es la causa del descontento?
—Los impuestos son siempre odiosos —observó el artesano—, pero resultan soportables cuando todos los ciudadanos están obligados a pagar lo mismo. Lo que disgusta a la gente es que algunos estén excluidos.
—¿Excluidos? ¿Qué quieres decir?
—La nobleza no tiene que pagar impuestos comerciales. ¿No lo sabías?
—No —admitió el monarca—. No lo sabía.
—En teoría, los nobles tienen otras obligaciones, como preparar y alimentar a las tropas y cosas por el estilo. Pero eso ya no tiene vigencia, pues la corona cuenta con su propio ejército. Si un noble decide dedicarse al comercio, no tiene que pagar impuestos comerciales, y la única diferencia entre él y cualquier otro mercader es que posee un título. Su tienda es igual a la mía y su actividad también, pero él no debe pagar impuestos y yo sí.
—Eso no parece justo —asintió Garion.
—Lo peor es que yo tengo que subir los precios para pagar los impuestos, mientras que el noble puede mantenerlos más bajos y robarme los clientes.
—Eso tiene que cambiar. Eliminaremos esa ley.
—Los nobles no estarán de acuerdo —le advirtió Joran.
—No tienen por qué estarlo —dijo Garion con tono contundente.
—Eres un rey muy justo, Majestad.
—No es una cuestión de justicia —discrepó Garion—. ¿Cuántos nobles se dedican al comercio en la ciudad?
—Creo que unos veinticinco —respondió Joran encogiéndose de hombros.
—¿Y cuántos comerciantes hay que no sean nobles?
—Cientos.
—Prefiero que me odien veinticinco personas antes que cientos de ellas.
—No lo había considerado de ese modo —admitió el soplador de vidrio.
—Pero es mi obligación hacerlo —dijo Garion con sarcasmo.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

30 octubre, 2012

A las mujeres nos gusta saber esas cosas

“La feroz cara de halcón de Hettar se iluminó con una atontada expresión de dicha.
—Es un niño —dijo con el enorme orgullo de un padre primerizo.
—Eso ya lo sabemos —repuso Polgara con calma—. ¿Cuánto medía al nacer?
—Oh —respondió Hettar, perplejo—, yo diría que era así de grande. —Y abrió las manos a medio metro de distancia.
—¿Nadie se tomó el trabajo de medirlo?
—Supongo que sí. Mi madre y las demás mujeres le hicieron todo tipo de cosas cuando nació.
—¿Y cuánto pesaba?
—Calculo que tanto como una liebre adulta, una bastante grande, o quizá lo mismo que uno de esos quesos rojos sendarios.
—Ya veo; unos cincuenta centímetros de largo y tres kilos y medio o cuatro de peso, ¿es eso lo que quieres decir? —preguntó mirándolo fijamente.
—Supongo que sí.
—¿Y por qué no lo dices? —preguntó con exasperación.
—¿Tan importante es? —preguntó él, atónito.
—Sí, Hettar, es muy importante. A las mujeres nos gusta saber esas cosas.
—Intentaré recordarlo. Mi única preocupación cuando nació fue que tuviera el número normal de brazos, piernas, orejas, nariz, ya sabes.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

29 octubre, 2012

Ellos comparten la comida y la bebida

“Misión sabía que Belgarath y Beldin se tenían verdadero aprecio y que las discusiones que entablaban eran una de sus formas favoritas de entretenerse, de modo que continuó con su tarea mientras los escuchaba.
—¿Quieres una jarra de cerveza? —preguntó Belgarath.
—Si tú la fabricaste, no —respondió el otro con tono grosero—. Cualquiera pensaría que un hombre que bebe tanta cerveza como tú, ya habría aprendido a hacerla decentemente.
—La última vez no estuvo tan mal —protestó el hechicero.
—He bebido agua estancada con mejor sabor.
—Deja de preocuparte. He cogido este barril de los gemelos.
—¿Ellos lo saben?
—¿Y eso qué importancia tiene? De cualquier forma, lo compartimos todo.
Beldin arqueó las pobladas cejas con expresión de asombro.
—Ellos comparten la comida y la bebida mientras tú compartes la sed y el hambre. Supongo que es un buen sistema.
—Por supuesto que sí —dijo Belgarath algo ofendido, y se volvió hacia Misión—. ¿Es necesario que sigas haciendo eso?
El niño alzó la vista de las baldosas que estaba limpiando afanosamente.
—¿Te molesta? —preguntó.
—Por supuesto que sí. ¿No sabes que es de muy mala educación trabajar mientras yo descanso?
—Intentaré recordarlo. ¿Cuánto tiempo crees que estarás descansando?
—Deja ese cepillo de una vez, Misión —le ordenó Belgarath—. Ese suelo ha estado sucio durante un montón de siglos y puede seguir así un día más.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

Un espacio libre en el centro

“Por fin, la nieve dio paso a una semana de cálidas lluvias de primavera y, cuando el cielo se volvió otra vez azul, Belgarath decidió que era hora de seguir su viaje.
—En realidad no es nada urgente —admitió—, pero me gustaría ver al viejo Beldin y a los gemelos. Además, es un buen momento para ordenar mi torre. Lo he estado posponiendo durante los últimos siglos.
—Si quieres, podemos acompañarte —se ofreció Polgara—. Después de todo, tú nos ayudaste con la cabaña, aunque no lo hicieras con mucho entusiasmo. Ahora sería justo que te ayudáramos a limpiar la torre.
—Gracias, Pol —declinó él con firmeza—, pero tu idea de la limpieza es un poco drástica para mi gusto. Cuando tú ordenas, el cubo de la basura acaba lleno de cosas que más tarde podrían serme útiles. Para mí, una habitación está lo suficientemente limpia cuando tiene un espacio libre en el centro.
—¡Oh, padre! —rió ella—, nunca cambiarás.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

26 octubre, 2012

La ciudad volvía a tener agua corriente

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“Enormes fotografías de Lenin y Stalin colgaban en Unter den Linden, el antiguo bulevar de la élite más moderna de Alemania. La mayoría de las calles de Berlín habían quedado arrasadas, y las ruinas de los edificios derruidos se apilaban cada pocos centenares de metros, tal vez para ser reutilizadas si algún día los alemanes eran capaces de reconstruir su país. Se habían destruido hectáreas de casas, en muchos casos manzanas enteras de la ciudad. Se tardaría años en retirar los escombros. Había miles de cadáveres pudriéndose entre ellos, y el repugnante olor dulzón de la carne humana en descomposición había flotado en el aire todo el verano. Ahora ya solo se percibía cuando llovía.
Mientras tanto, la ciudad había sido dividida en cuatro zonas: la rusa, la estadounidense, la británica y la francesa. Las tropas de ocupación habían requisado muchos de los edificios que seguían en pie. Los berlineses vivían donde podían; con frecuencia buscaban un precario refugio en las habitaciones de casas semidemolidas. La ciudad volvía a tener agua corriente y la electricidad iba y venía, pero resultaba muy difícil encontrar combustible para cocinar y combatir el frío. Aquella cómoda era igual de valiosa como mueble que como leña.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

Los berlineses la adoraban

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 9:38
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“Cubrió el resto del turno lo mejor que pudo. Luego se puso el impermeable, salió del hospital y se dirigió a la estación. Al pasar junto a un edificio bombardeado, vio una pintada en los restos de un muro. Un patriota desafiante había escrito: PUEDEN DESTRUIRNOS LAS CASAS, PERO NO NOS DESTRUIRÁN EL ALMA. Sin embargo, otra persona había citado irónicamente el eslogan utilizado por Hitler en las elecciones de 1933: «Dadme cuatro años y no reconoceréis Alemania».

Compró un billete para la estación de Zoologischer Garten.

En el tren se sentía una extraña. Todos los demás pasajeros eran fieles alemanes y ella llevaba en el bolso secretos para entregar su país a Moscú. No le gustaba esa sensación. Nadie posaba los ojos en ella, pero tenía la impresión de que lo hacían expresamente, para no cruzar las miradas. No veía el momento de entregar el sobre a Frieda.

La estación de Berlin Zoo estaba al otro lado del Tiergarten. Los árboles parecían enanos al lado de la colosal torre antiaérea, una de las tres construidas en la ciudad. El bloque cuadrado de hormigón medía más de treinta metros. En cada una de las cuatro esquinas del tejado había un cañón antiaéreo de 128 mm que pesaba 25 toneladas. La estructura de hormigón visto estaba pintada de verde en un vano intento optimista de evitar que la monstruosa construcción hiriera la sensibilidad de los visitantes del parque.

Sin embargo, a pesar de su fealdad, los berlineses la adoraban. Cuando caían las bombas sobre la ciudad, su atronadora respuesta garantizaba que alguien disparaba en su defensa.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

23 octubre, 2012

Tendrías que probarlas un día

“Desanduve el camino que creía haber andado. En una extraña ventana pentagonal, una fámula emperifollada colocaba un ramo de violetas en un florero de cristal tallado. Las chicas resultan fascinantes en muchos sentidos, Sixsmith. Tendrías que probarlas un día.”

El atlas de las nubes, de David Mitchell

22 octubre, 2012

Por lo menos, no eres republicano

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“Woody siguió con la mirada a las dos chicas hasta que desaparecieron, luego la emprendió contra su hermano.
—¿Por qué no te has entretenido más besando a Diana? —preguntó de mal humor—. Parece muy agradable.
—No es mi tipo —respondió Chuck.
—¿En serio? —Woody estaba más perplejo que enfadado—. Tiene los pechos redonditos, la cara bonita… ¿Qué es lo que no te gusta? Yo la habría besado, si no hubiera estado con Joanne.
—Tenemos gustos diferentes.
Empezaron a caminar hacia casa de sus padres.
—Bueno, así, ¿cuál es tu tipo? —preguntó Woody a Chuck.
—Creo que hay una cosa que debería decirte antes de que sigas concertando más citas a dúo.
—Muy bien. ¿Qué es?
Chuck se detuvo, obligando a Woody a hacer lo propio.
—Tienes que prometerme que no se lo dirás nunca a papá ni a mamá.
—Te lo prometo. —Woody escrutó a su hermano bajo la luz amarillenta de las farolas—. ¿Cuál es ese gran secreto?
—No me gustan las chicas.
—Son un incordio, lo admito, pero qué se le va a hacer.
—Me refiero a que no me gusta abrazarlas ni besarlas.
—¿Qué dices? No seas estúpido.
—Todos somos diferentes, Woody.
—Sí, pero entonces tendrías que ser marica.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Que sí, que soy marica.
—Menudo bromista estás hecho.
—No es ninguna broma, Woody. Hablo muy en serio.
—¿Eres invertido?
—Exacto. No lo he elegido yo. Cuando de jovencitos empezamos a hacernos pajas, tú solías pensar en tetas gordas y en conejos peludos. Nunca te lo confesé, pero yo siempre pensaba en pollas grandes y tiesas.
—¡Chuck! ¡Eso es una asquerosidad!
—No, no es ninguna asquerosidad, algunos chicos somos así. Hay más de los que crees; sobre todo en la armada.
—¿En la armada hay maricas?
Chuck asintió con ímpetu.
—Muchos.
—Bueno… ¿cómo lo sabes?
—Solemos reconocernos, igual que los judíos siempre reconocen a los otros judíos. Por ejemplo, el camarero del restaurante chino.
—¿Él también lo es?
—¿No lo has oído decirme que le gustaba mi chaqueta?
—Sí, pero no se me había ocurrido pensar eso.
—Pues ahí lo tienes.
—¿Le has gustado?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Probablemente, por el mismo motivo que le gusto a Diana. Soy más guapo que tú, diantre.
—Se me hace muy raro.
—Venga, vamos a casa.
Prosiguieron su camino. Woody seguía dándole vueltas al tema.
—¿Quieres decir que hay chinos maricas?
Chuck se echó a reír.
—¡Pues claro!
—No sé, nunca se me había ocurrido pensar eso de un chino.
—Recuerda, ni una palabra a nadie, y menos a nuestros padres. A saber qué diría papá.
Al cabo de un rato, Woody rodeó a Chuck por los hombros.
—Bueno, pues a la porra —dijo—. Por lo menos, no eres republicano.

El invierno del mundo, de Ken Follett

6 octubre, 2012

Bienvenido al mundo real

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 7:49
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“Esa noche Woody permaneció largo rato en vela. Estaba impaciente por ver las fotos publicadas en el periódico. Se sentía como un niño en Nochebuena: el anhelo por que amaneciera lo mantenía insomne.
Pensaba en Joanne. Ella se equivocaba al creer que él era demasiado joven. Era el hombre perfecto para ella. A ella le gustaba: tenían muchas cosas en común y había disfrutado besándole. Woody seguía creyendo que podía ganarse su amor.
Al final se durmió y, al despertar, ya había amanecido. Se puso un batín sobre el pijama y bajó corriendo las escaleras. Joe, el mayordomo, siempre salía a primera hora para comprar los periódicos y los disponía en abanico sobre la mesa del desayuno. Los padres de Woody estaban ya allí: su padre comiendo huevos revueltos y su madre bebiendo café a sorbitos.
Woody tomó el Sentinel. Su obra estaba en primera plana.
Aunque no como él esperaba.
Habían usado solo una de sus fotos, la última. En ella se veía a un guardia de la fábrica tirado en el suelo recibiendo las patadas de dos trabajadores. El titular rezaba: ALTERCADO PROTAGONIZADO POR LOS HUELGUISTAS DEL METAL.
—¡Oh, no! —exclamó.
Leyó el artículo con incredulidad. Afirmaba que los manifestantes habían intentado entrar a la fuerza en la fábrica y que habían repelido con violencia a los guardias del recinto, varios de los cuales habían sufrido heridas leves. El comportamiento de los trabajadores había sido condenado por el alcalde, el jefe de policía y Lev Peshkov. Al pie del artículo, como declaración de última hora, citaban al portavoz sindicalista Brian Hall, quien negaba la veracidad de la historia y culpaba a los guardias de la violencia.
Woody puso el periódico delante de su madre.
—Le conté a Hoyle que los guardias habían provocado el follón y ¡le di las fotos para probarlo! —exclamó, furioso—. ¿Por qué ha publicado todo lo contrario a la verdad?
—Porque es conservador —respondió ella.
—¡Se supone que los periódicos deben contar la verdad! —exclamó Woody, alzando la voz por la indignación enfurecida—. ¡No pueden inventarse mentiras!
—Sí, sí que pueden —replicó ella.
—Pero ¡eso no es justo!
—Bienvenido al mundo real —concluyó su madre.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

30 septiembre, 2012

La raza no importa

Filed under: Fahrenheit 451 — ummo @ 9:05
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“Sin embargo, ahora era Erik quien tenía ganas de discutir.
—Los negros son una raza inferior —dijo en tono desafiante.
—Lo dudo —repuso Walter, sin perder la paciencia—. Si un niño negro fuera criado en una buena casa llena de libros y pinturas, y si lo enviaran a una escuela cara con buenos maestros, tal vez llegaría a ser más inteligente que tú.
—¡Eso es una estupidez! —protestó Erik.
—Serás engreído… Que no te oiga decir nunca más que tu padre dice estupideces —lo reprendió su madre, que había rebajado un poco el tono ya que había gastado toda su ira en Walter. Ahora solo parecía cansada y decepcionada—. No sabes de qué hablas, y Hermann Braun tampoco.
—¡Pero la raza aria tiene que ser superior, somos los que gobernamos el mundo! —exclamó el muchacho.
—Tus amigos nazis no saben nada de historia —dijo Walter—. Los antiguos egipcios construyeron las pirámides cuando los alemanes aún vivían en cuevas. Los árabes dominaban el mundo en la Edad Media y los musulmanes eran grandes expertos en álgebra cuando los príncipes alemanes no sabían ni escribir su nombre. Como ves, la raza no importa.
—Entonces, ¿qué es lo que importa? —preguntó Carla, con la frente arrugada.
Su padre la miró con ternura.
—Es una buena pregunta y demuestras una gran inteligencia al plantearla. —Carla estaba radiante de felicidad por el elogio de su padre—. Las civilizaciones, los chinos, los aztecas, los romanos, nacen y caen pero nadie sabe por qué.”

El invierno del mundo, de Ken Follett

29 septiembre, 2012

Pensar demasiado puede producir homosexualidad

“Rodolfo tardó bastante tiempo en darse cuenta de que estaba colado por mí. Claro: como era un intelectual, resultaba más bien frígido para captar las llamadas de su libido. Así al menos es como se ha explicado Nati la tardanza del gachó en darse cuenta de sus sentimientos hacia mí.
Por lo visto, esto de manejar demasiado el intelecto es peligroso, pues hay tíos que se abstraen tanto en sus pensamientos, que no se fijan por dónde andan y van a parar sin darse cuenta a la acera de enfrente.”

Yo soy fulana de tal, de Álvaro de Laiglesia
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