Perdonen que no me levante

30 noviembre, 2012

Las mujeres honran la tradición

“—¿Cómo te encuentras, Polgara? —preguntó Poledra mientras se quitaba la capa.
—Supongo que bien —sonrió tía Pol—. Aunque, como es natural, conozco todo el proceso del embarazo, ésta no deja de ser mi primera experiencia personal. Los bebés dan muchas patadas en esta etapa, ¿verdad? Hace unos minutos, me pateó en tres sitios diferentes al mismo tiempo.
—Es probable que el pequeño también esté dando puñetazos.
—¿El pequeño? —sonrió ella.
—Bueno, es sólo una forma de hablar, Pol.
—Si queréis, puedo echar un vistazo y deciros si será niña o niño —ofreció Belgarath.
—¡Ni se te ocurra! —respondió Polgara—. Quiero descubrirlo por mí misma.
La nevada amainó poco antes del amanecer y las nubes se disiparon a media mañana. Luego salió el sol y brilló con un resplandor deslumbrante sobre el flamante manto blanco que rodeaba la cabaña. El cielo tenía un intenso color azul, y aunque hacía bastante frío, las temperaturas no eran tan severas como correspondía a aquella época del año.
Garion, Durnik y Belgarath se marcharon de la casa al amanecer y pasearon por los alrededores, con la típica sensación de incompetencia que experimentan los hombres en aquellas circunstancias. Por fin se detuvieron a la orilla del arroyuelo que atravesaba el campo de la granja. Belgarath contempló el agua transparente y reparó en varias figuras oscuras bajo la superficie.
—¿Has tenido tiempo para ir a pescar? —le preguntó a Durnik.
—No —respondió Durnik con tristeza—, aunque tampoco me entusiasma tanto como antes.
Todos conocían la razón, pero nadie la mencionó.
Poledra les trajo la comida, pero insistió en que permanecieran fuera. A última hora de la tarde, les ordenó hervir agua en la fragua de Durnik, que estaba en el cobertizo.
—Nunca he entendido esto —dijo Durnik mientras levantaba un perol lleno de agua hirviendo—. ¿Para qué necesitan tanta agua caliente?
—No la necesitan —respondió Belgarath que examinaba la ornamentada cuna que había tallado Durnik, repantigado cómodamente sobre una pila de leña—. Sólo es una excusa para sacar a los hombres del medio. A algún genio del sexo femenino se le ocurrió la idea hace miles de años, y desde entonces las mujeres honran la tradición. Tú limítate a hervir agua, Durnik. No es una tarea tan complicada y contribuye a hacer felices a las mujeres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings
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29 noviembre, 2012

La rapidez resultó asombrosa

“La burocracia estuvo a punto de sufrir un ataque colectivo de apoplejía cuando anuncié la autonomía de los Protectorados Dalasianos. Creo que los dalasianos deben tener la oportunidad de seguir su propio camino, pero muchos miembros de la burocracia tenían intereses establecidos allí y gimotearon, protestaron e hicieron pucheros igual que los generales. Sin embargo, todo eso llegó a un súbito fin cuando anuncié que Brador realizaría una investigación financiera de cada uno de los responsables de departamentos gubernamentales. La rapidez con que los burócratas se deshicieron de sus propiedades en los protectorados resultó asombrosa.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

28 noviembre, 2012

Tiene sus inconvenientes

“—Eres capaz de hacer cualquier cosa, ¿verdad? —preguntó Zakath mientras continuaban caminando por el pasillo.
—¿Para concluir nuestro trabajo? Por supuesto.
—Y cuando yo interferí contigo en Rak Hagga, podrías haberte deshecho de mí, ¿no es cierto?
—Es probable.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque pensé que podría necesitarte más adelante y noté que eras más importante de lo que creían los demás.
—¿Hay algo más importante que ser emperador de la mitad del mundo?
—Eso es una tontería, Zakath —dijo Belgarath con desprecio—. Tu amigo es el Señor Supremo del Oeste y aún tiene dificultades para ponerse cada bota en el pie indicado.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Garion con vehemencia.
—Será porque ahora cuentas con la ayuda de Ce’Nedra. Eso es lo que tú necesitas, Zakath, una esposa, alguien que te dé una apariencia presentable.
—Me temo que eso es imposible, Belgarath —suspiró Zakath.
—Ya lo veremos —dijo el hombre eterno.
En sus aposentos del palacio de Dal Perivor no los recibieron con la misma cordialidad que en la sala del trono.
—¡Viejo estúpido! —le gritó Polgara a Belgarath.
A partir de ese momento, la situación se deterioró con suma rapidez.
—¡Tú, idiota! —le gritó Ce’Nedra a Garion.
—Por favor, Ce’Nedra —dijo Polgara con suavidad—, primero déjame acabar a mí.
—Oh, por supuesto Polgara —asintió la reina de Riva con cortesía—. Lo siento. Tú has soportado muchos más años de afrentas que yo. Además, yo puedo pillar a éste a solas en la cama y decirle unas cuantas cosas.
—¿Y tú querías que me casara? —le preguntó Zakath a Belgarath.
—Tiene sus inconvenientes —respondió Belgarath con calma”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

27 noviembre, 2012

La coherencia es la defensa de las mentes mediocres

“Beldin atravesó planeando el bosque moteado por el sol, evitando los árboles con diestros movimientos de las alas. Por fin se posó en el suelo y recuperó su forma natural.
—¿Problemas? —le preguntó Belgarath.
—No tantos como esperaba —respondió el enano encogiéndose de hombros—. Y eso me preocupa un poco.
—¿No es una incoherencia?
La coherencia es la defensa de las mentes mediocres.”

Crónicas de Mallorea V: La vidente de Kell, de David Eddings

22 noviembre, 2012

Hasta que aprendamos a perdonar

“—Sin embargo te cae bien, ¿verdad?
—Sí, me cae bien. Ojalá lo hubiera conocido antes de que Taur Urgas le arruinara la vida.,—Hizo una pausa y su rostro cobró una expresión grave—. Ése sí que era un hombre con el cual me habría gustado pelear. Contaminó el mundo entero con su mera presencia en él.
—Pero no fue culpa suya. Estaba loco y eso lo justifica.
—Eres un joven muy indulgente, Eriond.
—¿No es más fácil perdonar que odiar? Este tipo de cosas seguirá sucediendo hasta que aprendamos a perdonar —añadió mientras señalaba las columnas de humo que se elevaban al norte—. El odio es un sentimiento estéril, Belgarion.
—Lo sé —suspiró Garion—. Yo odiaba a Torak, pero creo que al final lo perdoné… aunque sólo fuera por compasión. Sin embargo, tuve que matarlo a pesar de todo.
—¿Cómo crees que sería el mundo si los hombres dejaran de matarse unos a otros?
—Quizá sería un sitio mejor.
—¿Entonces por qué no intentamos que sea así?
—¿Tú y yo? —rió Garion—. ¿Los dos solos?
—¿Por qué no?
—Porque es imposible, Eriond.
—Pensé que hacía mucho tiempo que tú y Belgarath habían dejado claro que nada es imposible.
—Sí, supongo que sí —volvió a reír Garion—. Olvidemos la expresión «imposible». ¿Te gusta más «extremadamente difícil»?
—Nada que valga la pena puede ser fácil, Belgarion. Si lo fuera, no lo valoraríamos. Sin embargo, estoy seguro de que podremos encontrar una solución al problema.
Lo dijo con tal convicción que por un instante Garion casi creyó en la viabilidad de aquella disparatada idea, pero luego volvió a mirar hacia las columnas de humo y su esperanza se desvaneció.
—Supongo que deberíamos volver a informar a los demás de lo que sucede allí —dijo.”

Crónicas de Mallorea IV: La hechicera de Darshiva, de David Eddings

17 noviembre, 2012

Oportunidades de robar

“—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le preguntó Seda a su socio. Yarblek asintió con un gesto—. Bien, entonces haz todo lo posible para mantenerme fuera de ese asunto.
—¿Por qué insistes en meterte en política, Seda?
—Porque de ese modo tengo más oportunidades de robar.
—¡Oh! —exclamó Yarblek—. Está bien. —Extendió la mano y añadió—: Cuídate, Seda.
—Tú también, Yarblek. Intenta ganar mucho dinero. Nos veremos dentro de un año.
—Si sobrevives.
—Por supuesto.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

16 noviembre, 2012

Diez años sin bañarme

“Los ojos de Polgara se iluminaron cuando Brador abrió la puerta de la habitación que compartiría con Durnik. Detrás de la arcada de la salita principal había una gran bañera empotrada en el suelo, desde donde se elevaban nubecillas de vapor.
—¡Cielos! —exclamó ella—. Por fin llegamos a la civilización.
—Intenta no pasarte el día en el agua, Polgara.
—De acuerdo, padre —respondió ella con aire ausente sin dejar de mirar, arrobada, la bañera de cálidos vapores.
—¿Tan importante es? —preguntó él.
—Sí, padre —respondió ella.
—Tiene un prejuicio irracional contra la suciedad —dijo sonriendo a los demás—. Yo, por el contrario, siempre le he tenido apego.
—Eso resulta obvio —dijo ella. Luego se detuvo—. A propósito, Viejo Lobo —dijo con tono crítico mientras los demás comenzaban a salir—, si tu habitación goza de las mismas comodidades que ésta, creo que tú también deberías hacer uso de ellas.
—¿Yo?
—Hueles mal, padre.
—No, Pol —le corrigió él—. Tú hueles mal, yo apesto.
—Con más razón. Lávate, padre —insistió ella mientras comenzaba a quitarse los zapatos.
—He llegado a pasar diez años sin bañarme —declaró él.
—Sí, padre —dijo ella—, lo sé. Los dioses son testigos de que lo sé. Ahora —dijo en tono resuelto—, si me disculpáis… —añadió mientras comenzaba a desabotonarse el vestido.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

9 noviembre, 2012

La lealtad de las clases inferiores

“Cerca de allí, en una calle lateral, una mujer rubicunda reñía a voz en grito a un hombre flacucho y con expresión estúpida mientras un grupo de soldados sacaban muebles de una casa y los cargaban en un carro desvencijado.
—¿Por qué tuviste que hacerlo, Actas? —gritaba furiosa la mujer—. ¿Por qué tuviste que emborracharte e insultar a tu capitán? ¿Qué será de nosotros ahora? Me he pasado todos estos años viviendo en una inmunda casucha esperando que te ascendieran, y cuando pensaba que las cosas iban a mejorar, tuviste que emborracharte para que volvieran a convertirte en un civil. —El hombre balbució algo—. ¿Qué has dicho? —preguntó ella.
—Nada, cariño.
—No pienso perdonarte, Actas, te lo aseguro.
—La vida tiene estos pequeños altibajos, ¿verdad? —murmuró Sadi cuando se hubieron alejado lo suficiente para que no pudieran oírlo.
—Yo no le encuentro ninguna gracia —dijo Ce’Nedra con sorprendente vehemencia—. Los están echando de su casa por un simple momento de estupidez. ¿Nadie puede hacer nada?
Zakath la miró con expresión crítica y luego hizo una señal a uno de los oficiales que cabalgaba respetuosamente detrás de ellos.
—Averigua en qué unidad estaba ese hombre —le ordenó—. Luego ve a ver a su capitán y dile que consideraría un favor personal que readmitiera a Actas en su puesto siempre que él prometa mantenerse sobrio.
—Enseguida, Majestad —dijo el oficial, luego saludó y se alejó de allí.
—Gracias, Majestad —dijo Ce’Nedra, que parecía un poco sorprendida.
—Es un placer, Ce’Nedra —respondió Zakath haciendo una reverencia. Luego dejó escapar una risita—. De todos modos, no me cabe la menor duda de que la esposa de Actas se ocupará de hacerle pagar su error.
—¿No temes que estos hechos compasivos arruinen tu reputación, Majestad? —preguntó Sadi.
—No —respondió Zakath—. Un gobernante debe ser siempre un hombre impredecible, Sadi. Es una buena forma de desconcertar a los subalternos. Además, un acto ocasional de caridad hacia las clases inferiores ayuda a consolidar su lealtad.”

Crónicas de Mallorea III: El Señor de los Demonios, de David Eddings

Forma parte de su naturaleza

“—¿Cómo te encuentras esta mañana, Majestad? —le preguntó Prala al apesadumbrado Urgit con una falsa expresión de compasión en la cara.
—Enfermo.
—La culpa es tuya, ¿sabes?
—Por favor, no me lo recuerdes. —Ella sonrió con dulzura—. Te estás divirtiendo, ¿verdad? —la acusó él.
—Pues sí, Majestad —admitió ella con una pequeña inclinación de cabeza—, la verdad es que sí.
Luego cogió las dos jarras y se las llevó consigo hacia la popa.
—¿Todas son iguales? —preguntó Urgit—. ¿Tan crueles?
—¿Las mujeres? —dijo Belgarath encogiéndose de hombros—. Por supuesto. Forma parte de su naturaleza.”

Crónicas de Mallorea II: El rey de los Murgos, de David Eddings

1 noviembre, 2012

El derecho a la autodeterminación

“Escarmentados por el fracaso del intento de asesinato de los Honeth, los Vordue decidieron provocar una guerra de secesión. Poco después de la coronación de Varana como Ran Borune XXIV, la familia Vordue declaró que su gran ducado no pertenecía a Tolnedra, sino que era un reino independiente…, aunque aún no habían decidido cuál de sus miembros ascendería al trono.
—Varana tendrá que enviar a las legiones para detenerlos —declaró Anheg mientras se limpiaba con la manga la aureola de espuma que la cerveza le había dejado en la boca—. De lo contrario, las demás familias también se separarán y Tolnedra saltará en pedazos como un muelle roto.
—No es tan simple, Anheg —explicó Porenn con suavidad y apartó la vista de la ventana por donde había estado contemplando la actividad del puerto situado abajo. La reina de Drasnia vestía de riguroso luto y el negro parecía realzar su belleza y su cabello rubio—. Las legiones se enfrentarían sin reparos a un ejército extranjero, pero Varana no puede pedirles que luchen contra su propio pueblo.
—Podría traer las legiones del sur —dijo Anheg encogiéndose de hombros—. Son todos Borune, Anadile o Ranite y no les importaría combatir contra los Vordue.
—Pero entonces las legiones del norte intervendrían para detenerlos, y en cuanto comenzaran a enfrentarse entre sí el imperio se desintegraría.
—La verdad es que no lo había considerado de ese modo —admitió Anheg—. ¿Sabes, Porenn? Eres extremadamente inteligente… para ser mujer.
—Y tú eres extremadamente perspicaz… para ser hombre —respondió la reina con una dulce sonrisa.
—Un tanto para ella —dijo Cho-Hag en voz baja.
—¿Estáis apuntando los tantos? —preguntó Garion con suavidad.
—Ayuda a llevar una especie de registro de todo lo que se dice —explicó el jefe supremo de los clanes de Algaria con expresión grave.
Unos días más tarde, llegó la noticia del novedoso método de Varana para resolver el conflicto con los Vordue. Una mañana, un barco drasniano entró en el puerto de Riva y un agente del servicio de inteligencia entregó una serie de informes a la reina Porenn. Después de leerlos, la reina entró en la sala del consejo con una sonrisa pícara.
—Creo que debemos dejar a un lado nuestras reservas sobre el talento de Varana como gobernante, caballeros —les dijo a los reyes alorns—. Parece que ha encontrado una solución al problema de los Vordue.
—¿Ah sí? —preguntó Brand con su portentosa voz—. ¿Cuál?
—Mis agentes me han informado de que ha hecho un pacto secreto con Korodullin de Arendia. El llamado «Reino de Vordue», de repente, se ha llenado de bandidos arendianos…, casi todos vestidos con armaduras, por extraño que parezca.
—Espera un momento, Porenn —interrumpió Anheg—. Si se trata de un pacto secreto, ¿cómo es que tú lo conoces?
—Oh, Anheg —dijo la menuda reina de Drasnia entornando los párpados en un gesto de falsa modestia—, ¿todavía no te has enterado de que yo lo sé todo?
—Otro tanto para ella —le indicó Cho-Hag a Garion.
—Yo diría que sí —asintió Garion.
—Sea como fuere —continuó Porenn—, la cuestión es que ahora hay batallones enteros de imprudentes caballeros mimbranos en Vordue, todos actuando como bandidos, saqueando y robando a voluntad. Los Vordue no tienen un ejército propiamente dicho, de modo que han pedido ayuda a las legiones. Mis agentes han conseguido una copia de la respuesta de Varana. —Desplegó un documento y comenzó a leer—. «Saludos al gobierno del Reino de Vordue. Vuestra reciente solicitud de ayuda me ha sorprendido mucho, pues suponía que los estimados caballeros de Tol Vordue no desearían verme romper la soberanía del recién establecido reino enviando a las legiones al otro lado de la frontera, para echar a unos cuantos bandidos arendianos. El mantenimiento del orden público es una responsabilidad fundamental de cualquier gobierno y yo nunca osaría entrometerme en un asunto tan importante. Hacerlo significaría despertar graves dudas en las mentes de los hombres razonables sobre la viabilidad de vuestro nuevo Estado. Sin embargo, os envío mis mejores deseos de éxito en esta cuestión que, después de todo, es estrictamente de competencia interna.»
Anheg comenzó a reír a carcajadas mientras golpeaba la mesa con su enorme puño.
—Creo que esto merece un trago —rió.
—Más bien varios —asintió Garion—. Podemos brindar por los esfuerzos de los Vordue por mantener el orden.
—Confío en que sabréis disculparme, caballeros —dijo la reina—, pero ninguna mujer podría competir con los reyes de Aloria en lo referente a la bebida.
—Por supuesto, Porenn —asintió Anheg, magnánimo—, nosotros nos beberemos tu parte.
—Es muy amable de tu parte —murmuró ella, y se retiró.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

31 octubre, 2012

Eso no parece justo

“La misión que tenía en la ciudad aquella mañana lo llevó a la tienda de un joven soplador de vidrio, un habilidoso artesano llamado Joran. En apariencia, la visita tenía por objeto examinar un juego de copas de cristal que había encargado para regalarle a Ce’Nedra, pero el verdadero propósito era mucho más serio. Garion había sido criado en un ambiente humilde y sabía que los problemas de la gente común rara vez llegan al trono, por lo tanto estaba convencido de que necesitaba un par de oídos en la ciudad, no para espiar a los que se oponían a él, sino para tener una idea clara e imparcial de los problemas de su pueblo. Había elegido a Joran para aquella tarea.
Después de echar un vistazo a las copas, los dos entraron en una pequeña habitación privada, al fondo de la tienda.
—Recibí tu nota en cuanto llegué de Arendia —dijo Garion—. ¿Crees que es un asunto serio?
—Sí, Majestad —respondió Joran—. Creo que los impuestos han sido mal calculados y están provocando muchos comentarios desfavorables.
—Todos dirigidos contra mí, supongo.
—Después de todo, tú eres el rey.
—Gracias —repuso Garion con frialdad—. ¿Cuál es la causa del descontento?
—Los impuestos son siempre odiosos —observó el artesano—, pero resultan soportables cuando todos los ciudadanos están obligados a pagar lo mismo. Lo que disgusta a la gente es que algunos estén excluidos.
—¿Excluidos? ¿Qué quieres decir?
—La nobleza no tiene que pagar impuestos comerciales. ¿No lo sabías?
—No —admitió el monarca—. No lo sabía.
—En teoría, los nobles tienen otras obligaciones, como preparar y alimentar a las tropas y cosas por el estilo. Pero eso ya no tiene vigencia, pues la corona cuenta con su propio ejército. Si un noble decide dedicarse al comercio, no tiene que pagar impuestos comerciales, y la única diferencia entre él y cualquier otro mercader es que posee un título. Su tienda es igual a la mía y su actividad también, pero él no debe pagar impuestos y yo sí.
—Eso no parece justo —asintió Garion.
—Lo peor es que yo tengo que subir los precios para pagar los impuestos, mientras que el noble puede mantenerlos más bajos y robarme los clientes.
—Eso tiene que cambiar. Eliminaremos esa ley.
—Los nobles no estarán de acuerdo —le advirtió Joran.
—No tienen por qué estarlo —dijo Garion con tono contundente.
—Eres un rey muy justo, Majestad.
—No es una cuestión de justicia —discrepó Garion—. ¿Cuántos nobles se dedican al comercio en la ciudad?
—Creo que unos veinticinco —respondió Joran encogiéndose de hombros.
—¿Y cuántos comerciantes hay que no sean nobles?
—Cientos.
—Prefiero que me odien veinticinco personas antes que cientos de ellas.
—No lo había considerado de ese modo —admitió el soplador de vidrio.
—Pero es mi obligación hacerlo —dijo Garion con sarcasmo.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

30 octubre, 2012

A las mujeres nos gusta saber esas cosas

“La feroz cara de halcón de Hettar se iluminó con una atontada expresión de dicha.
—Es un niño —dijo con el enorme orgullo de un padre primerizo.
—Eso ya lo sabemos —repuso Polgara con calma—. ¿Cuánto medía al nacer?
—Oh —respondió Hettar, perplejo—, yo diría que era así de grande. —Y abrió las manos a medio metro de distancia.
—¿Nadie se tomó el trabajo de medirlo?
—Supongo que sí. Mi madre y las demás mujeres le hicieron todo tipo de cosas cuando nació.
—¿Y cuánto pesaba?
—Calculo que tanto como una liebre adulta, una bastante grande, o quizá lo mismo que uno de esos quesos rojos sendarios.
—Ya veo; unos cincuenta centímetros de largo y tres kilos y medio o cuatro de peso, ¿es eso lo que quieres decir? —preguntó mirándolo fijamente.
—Supongo que sí.
—¿Y por qué no lo dices? —preguntó con exasperación.
—¿Tan importante es? —preguntó él, atónito.
—Sí, Hettar, es muy importante. A las mujeres nos gusta saber esas cosas.
—Intentaré recordarlo. Mi única preocupación cuando nació fue que tuviera el número normal de brazos, piernas, orejas, nariz, ya sabes.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

29 octubre, 2012

Ellos comparten la comida y la bebida

“Misión sabía que Belgarath y Beldin se tenían verdadero aprecio y que las discusiones que entablaban eran una de sus formas favoritas de entretenerse, de modo que continuó con su tarea mientras los escuchaba.
—¿Quieres una jarra de cerveza? —preguntó Belgarath.
—Si tú la fabricaste, no —respondió el otro con tono grosero—. Cualquiera pensaría que un hombre que bebe tanta cerveza como tú, ya habría aprendido a hacerla decentemente.
—La última vez no estuvo tan mal —protestó el hechicero.
—He bebido agua estancada con mejor sabor.
—Deja de preocuparte. He cogido este barril de los gemelos.
—¿Ellos lo saben?
—¿Y eso qué importancia tiene? De cualquier forma, lo compartimos todo.
Beldin arqueó las pobladas cejas con expresión de asombro.
—Ellos comparten la comida y la bebida mientras tú compartes la sed y el hambre. Supongo que es un buen sistema.
—Por supuesto que sí —dijo Belgarath algo ofendido, y se volvió hacia Misión—. ¿Es necesario que sigas haciendo eso?
El niño alzó la vista de las baldosas que estaba limpiando afanosamente.
—¿Te molesta? —preguntó.
—Por supuesto que sí. ¿No sabes que es de muy mala educación trabajar mientras yo descanso?
—Intentaré recordarlo. ¿Cuánto tiempo crees que estarás descansando?
—Deja ese cepillo de una vez, Misión —le ordenó Belgarath—. Ese suelo ha estado sucio durante un montón de siglos y puede seguir así un día más.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

Un espacio libre en el centro

“Por fin, la nieve dio paso a una semana de cálidas lluvias de primavera y, cuando el cielo se volvió otra vez azul, Belgarath decidió que era hora de seguir su viaje.
—En realidad no es nada urgente —admitió—, pero me gustaría ver al viejo Beldin y a los gemelos. Además, es un buen momento para ordenar mi torre. Lo he estado posponiendo durante los últimos siglos.
—Si quieres, podemos acompañarte —se ofreció Polgara—. Después de todo, tú nos ayudaste con la cabaña, aunque no lo hicieras con mucho entusiasmo. Ahora sería justo que te ayudáramos a limpiar la torre.
—Gracias, Pol —declinó él con firmeza—, pero tu idea de la limpieza es un poco drástica para mi gusto. Cuando tú ordenas, el cubo de la basura acaba lleno de cosas que más tarde podrían serme útiles. Para mí, una habitación está lo suficientemente limpia cuando tiene un espacio libre en el centro.
—¡Oh, padre! —rió ella—, nunca cambiarás.”

Crónicas de Mallorea I: Los guardianes del Oeste, de David Eddings

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